sábado, 6 de junio de 2026

LOS SUEÑOS DE EINSTEIN-2

El sueño del 16 de abril de 1905 pertenece a la novela
Los sueños de Einstein (Einstein's Dreams) del físico y escritor Alan Lightman. En este capítulo ficticio, el tiempo fluye como un río, pero algunas perturbaciones hacen que ciertas corrientes se desvíen hacia el pasado. Las personas arrastradas allí son fantasmas aterrorizados: caminan de puntillas y sin hacer ruido, temiendo que el más mínimo cambio altere su propio futuro. 

SEGUNDO SUEÑO
16 de abril de 1905 
En este mundo, el tiempo es como un curso de agua, ocasionalmente desplazado por un obstáculo o una brisa pasajera. De vez en cuando, alguna perturbación cósmica hace que un arroyo del tiempo se desvíe de la corriente principal para conectarse con el caudal anterior. 
Cuando esto ocurre, las aves, el terreno, los prisioneros del ramal desviado se encuentran bruscamente arrastrados al pasado. 
Es fácil identificar a quienes han sido transportados hacia atrás en el tiempo. Llevan ropas oscuras y borrosas y caminan de puntillas; tratan de no hacer el menor ruido, de no doblegar una sola hoja de hierba. Temen que cualquier cambio que hagan en el pasado ocasione consecuencias tremendas en el futuro. 
Justamente ahora, por ejemplo, una de estas personas está encogida entre las sombras del pórtico frente al número 19 de la Kramgasse. Un extraño lugar para una viajera del futuro, pero allí está. Los transeúntes pasan, miran y ella se agazapa en la esquina, atraviesa rápidamente la calle y se oculta en otro rincón oscuro frente al número 22. Tiene miedo de levantar polvo con los pies ahora que, en esta tarde del 16 de abril de 1905, un tal Peter Klausen se acerca a la farmacia de la Spitalgasse. Klausen, hombre de obsesiva elegancia, aborrece toda imperfección en sus ropas. Si el polvo las desluce, se detendrá para sacudirlo cuidadosamente, a pesar de los compromisos que le esperan. Si Klausen se demora demasiado, tal vez no pueda comprar el medicamento para su esposa, que desde hace semanas se queja de dolores en las piernas. En ese caso, es posible que la mujer de Klausen, de mal humor, decida no viajar al lago de Ginebra. Y si no está en el lago de Ginebra el 23 de junio, no se encontrará con Catherine d'Épinay paseando por el muelle de la orilla derecha ni se la presentará a su hijo Richard. Y entonces Richard y Catherine no se casarán el 17 de diciembre de 1908, ni ella dará a luz a Friedrich el 8 de julio de 1912. Friedrich Klausen no será el padre de Hans Klausen el 22 de agosto de 1938 y, sin Hans Klausen, no se fundará la Unión Europea en 1979. 
La mujer del futuro, que fue arrojada sin previo aviso a este tiempo y lugar y trata ahora de hacerse invisible en un rincón oscuro frente al número 22 de la Kramgasse, conoce la historia de Klausen y otras mil historias que aguardan la oportunidad de desarrollarse y dependen de los niños que nazcan, el movimiento de las personas en la calle, la posición exacta de las sillas, el viento, el canto de los pájaros en ciertos momentos. Agazapada en las sombras, no devuelve las miradas. Se acurruca y espera que la corriente del tiempo la lleve otra vez a su propia época. 
Cuando un viajero del tiempo debe hablar, no lo hace con palabras sino con gemidos. Susurra ruidos torturados. Está sufriendo. Porque si ocasiona la menor alteración de una cosa cualquiera, puede destruir el futuro. Al mismo tiempo, está obligado a contemplar acontecimientos sin ser parte de ellos y sin modificarlos. Envidia a la gente que habita en su propio tiempo y puede obrar a su antojo, sin conciencia del futuro e ignorante de los efectos de sus actos. 
El viajero no puede hacer nada. Es un gas inerte, una sábana sin alma. Ha perdido su condición de persona. Es un exiliado del tiempo. 
En todos los pueblos y ciudades puede encontrarse a estos desventurados procedentes del futuro, escondidos bajo los aleros de los edificios, en los sótanos, debajo de los puentes, en los campos abandonados. No se les hace preguntas acerca de acontecimientos futuros, matrimonios, nacimientos, finanzas, invenciones o ganancias por venir. Se les abandona a la soledad y se les compadece.

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