El sueño del 16 de abril de 1905 pertenece a la novela Los sueños de Einstein (Einstein's Dreams)
del físico y escritor Alan Lightman. En este capítulo ficticio, el tiempo
fluye como un río, pero algunas perturbaciones hacen que ciertas
corrientes se desvíen hacia el pasado. Las personas arrastradas allí son
fantasmas aterrorizados: caminan de puntillas y sin hacer ruido, temiendo
que el más mínimo cambio altere su propio futuro.
SEGUNDO SUEÑO
16 de abril de 1905
En este mundo, el tiempo es como un curso de agua, ocasionalmente desplazado
por un obstáculo o una brisa pasajera. De vez en cuando, alguna perturbación
cósmica hace que un arroyo del tiempo se desvíe de la corriente principal para
conectarse con el caudal anterior.
Cuando esto ocurre, las aves, el terreno, los prisioneros del ramal desviado
se encuentran bruscamente arrastrados al pasado.
Es fácil identificar a quienes han sido transportados hacia atrás en el
tiempo. Llevan ropas oscuras y borrosas y caminan de puntillas; tratan de no
hacer el menor ruido, de no doblegar una sola hoja de hierba. Temen que
cualquier cambio que hagan en el pasado ocasione consecuencias tremendas en el
futuro.
Justamente ahora, por ejemplo, una de estas personas está encogida entre las
sombras del pórtico frente al número 19 de la Kramgasse. Un extraño lugar para
una viajera del futuro, pero allí está. Los transeúntes pasan, miran y ella se
agazapa en la esquina, atraviesa rápidamente la calle y se oculta en otro
rincón oscuro frente al número 22. Tiene miedo de levantar polvo con los pies
ahora que, en esta tarde del 16 de abril de 1905, un tal Peter Klausen se
acerca a la farmacia de la Spitalgasse. Klausen, hombre de obsesiva elegancia,
aborrece toda imperfección en sus ropas. Si el polvo las desluce, se detendrá
para sacudirlo cuidadosamente, a pesar de los compromisos que le esperan. Si
Klausen se demora demasiado, tal vez no pueda comprar el medicamento para su
esposa, que desde hace semanas se queja de dolores en las piernas. En ese
caso, es posible que la mujer de Klausen, de mal humor, decida no viajar al
lago de Ginebra. Y si no está en el lago de Ginebra el 23 de junio, no se
encontrará con Catherine d'Épinay paseando por el muelle de la orilla derecha
ni se la presentará a su hijo Richard. Y entonces Richard y Catherine no se
casarán el 17 de diciembre de 1908, ni ella dará a luz a Friedrich el 8 de
julio de 1912. Friedrich Klausen no será el padre de Hans Klausen el 22 de
agosto de 1938 y, sin Hans Klausen, no se fundará la Unión Europea en
1979.
La mujer del futuro, que fue arrojada sin previo aviso a este tiempo y lugar y
trata ahora de hacerse invisible en un rincón oscuro frente al número 22 de la
Kramgasse, conoce la historia de Klausen y otras mil historias que aguardan la
oportunidad de desarrollarse y dependen de los niños que nazcan, el movimiento
de las personas en la calle, la posición exacta de las sillas, el viento, el
canto de los pájaros en ciertos momentos. Agazapada en las sombras, no
devuelve las miradas. Se acurruca y espera que la corriente del tiempo la
lleve otra vez a su propia época.
Cuando un viajero del tiempo debe hablar, no lo hace con palabras sino con
gemidos. Susurra ruidos torturados. Está sufriendo. Porque si ocasiona la
menor alteración de una cosa cualquiera, puede destruir el futuro. Al mismo
tiempo, está obligado a contemplar acontecimientos sin ser parte de ellos y
sin modificarlos. Envidia a la gente que habita en su propio tiempo y puede
obrar a su antojo, sin conciencia del futuro e ignorante de los efectos de sus
actos.
El viajero no puede hacer nada. Es un gas inerte, una sábana sin alma. Ha
perdido su condición de persona. Es un exiliado del tiempo.
En todos los pueblos y ciudades puede encontrarse a estos desventurados
procedentes del futuro, escondidos bajo los aleros de los edificios, en los
sótanos, debajo de los puentes, en los campos abandonados. No se les hace
preguntas acerca de acontecimientos futuros, matrimonios, nacimientos,
finanzas, invenciones o ganancias por venir. Se les abandona a la soledad y se
les compadece.
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