miércoles, 24 de junio de 2026

LOS SUEÑOS DE EINSTEIN-4

El cuarto sueño de Einstein's Dreams de Alan Lightman (fechado el 24 de abril de 1905) imagina un mundo donde coexisten dos tiempos distintos: el tiempo mecánico (el de los relojes, rígido y predeterminado) y el tiempo del cuerpo (flexible y espontáneo, el que marcan las emociones, los deseos y los ritmos biológicos de cada persona).
En este mundo, el tiempo de los relojes y el tiempo que sienten las personas no coinciden; la novela explora sucintamente la tensión constante entre la rigidez inflexible del tiempo objetivo y la fluidez natural de las vivencias subjetivas del ser humano.

CUARTO SUEÑO
24 de abril de 1905 

En este mundo hay dos tiempos. Un tiempo mecánico y un tiempo corporal. El primero es tan rígido y metálico como un pesado péndulo de hierro que va y vuelve, va y vuelve, va y vuelve. El segundo gira y se ondula como un pez azul en una bahía. El primero es inflexible y predeterminado. El segundo elige el futuro a medida que transcurre. 

Muchos están convencidos de que el tiempo mecánico no existe. Cuando pasan cerca del gigantesco reloj de la Kramgasse no lo ven; tampoco oyen sus campanadas mientras envían paquetes desde la Postgasse o caminan por entre las flores del Rosengarten. Llevan relojes de pulsera, pero sólo como un adorno o por cortesía a quienes se los han regalado. No tienen relojes en sus casas. En cambio, escuchan los latidos de su corazón. Atienden al ritmo de sus deseos y estados de ánimo. Comen cuando tienen hambre, acuden a su trabajo en la sombrerería o en la farmacia cuando despiertan, hacen el amor a todas horas. Estas personas se ríen de la idea de un tiempo mecánico. Saben que el tiempo se mueve a saltos y sacudidas. Saben que el tiempo avanza con una carga a la espalda cuando llevan deprisa al hospital a un niño lastimado o sostienen la mirada de un vecino víctima de una injusticia. Y saben que el tiempo vuela a través de su campo visual cuando comen a gusto con sus amigos o reciben un elogio o yacen en los brazos de un amante secreto. 

Y luego están los que piensan que sus cuerpos no existen. Viven conforme al tiempo mecánico. Se levantan a las siete en punto de la mañana. Comen a mediodía y cenan a las seis. Llegan a sus apartamentos a cierta hora precisa que marca el reloj. Hacen el amor entre las ocho y las diez de la noche. Trabajan cuarenta horas por semana, leen el domingo el periódico dominical y juegan al ajedrez los martes por la noche. Cuando su estómago se queja, miran el reloj para saber si es hora de comer. Cuando se distraen durante un concierto, miran el reloj para saber a qué hora volverán a casa. Saben que el cuerpo no es obra de una magia desatada, sino un conjunto de materias químicas, tejidos e impulsos nerviosos. Los pensamientos sólo son chispas eléctricas en el cerebro. La excitación sexual es la afluencia de ciertas sustancias químicas a ciertas terminaciones nerviosas. La tristeza es una pequeña cantidad de ácido que atraviesa el cerebelo. En suma, el cuerpo es una máquina sujeta a las mismas leyes de la electricidad y la mecánica que un electrón o un reloj. Por esta razón debe conversarse con el cuerpo en el idioma de la física. Y si el cuerpo habla, sólo es en el lenguaje de las palancas y las fuerzas. El cuerpo es algo que no se debe obedecer, sino someter. 

Cuando se respira el aire de la noche junto al río Aar, se comprueba la existencia de dos mundos en uno. Un barquero mide su posición en la oscuridad contando los segundos de deriva en la corriente. «Uno, tres metros. Dos, seis metros. Tres, nueve metros.» Su voz recorta en la noche sílabas claras y ciertas. Bajo una farola del puente Nydegg, dos hermanos que no se habían visto durante un año ríen y beben. La campana de la catedral de St. Vincent tañe diez veces. Segundos más tarde, las luces de los apartamentos que bordean el Schifflaube se extinguen como una respuesta perfectamente mecanizada, como las deducciones de la geometría de Euclides. Dos amantes acostados en la ribera alzan perezosamente la vista, arrancados de un sueño sin tiempo por las distantes campanas de la iglesia, sorprendidos de que haya llegado la noche. 

Cuando ambos tiempos se encuentran, desesperación. Cuando ambos tiempos siguen caminos separados, alegría. Porque, milagrosamente, un abogado, una enfermera, un panadero, pueden crear un mundo en cualquiera de ambos tiempos, pero no en los dos. Cada uno es verdad, pero esas dos verdades no son la misma.

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