Thomas Alva Edison
(1847–1931) fue un prolífico inventor, científico y empresario estadounidense.
Es universalmente conocido por perfeccionar la primera bombilla incandescente
comercializable y por fundar el primer laboratorio de investigación
industrial.
A lo largo de su carrera, patentó más de 1,000 inventos que cambiaron la
historia moderna. Entre sus aportes más destacados se encuentran:
• Bombilla incandescente: Logró
crear una lámpara de larga duración que hizo viable y accesible la iluminación
eléctrica.
• Fonógrafo: Fue el primer
dispositivo capaz de grabar y reproducir sonido.
• Cámara de cine: Contribuyó al
desarrollo de los primeros equipos para grabar y proyectar imágenes en
movimiento
• Perfeccionamiento del teléfono:
Creó el micrófono de carbón, mejorando drásticamente la transmisión de
voz.
Además de su mente creativa, destacó como un hábil empresario. Fue pionero en
aplicar el trabajo en equipo organizado y la investigación aplicada en su
famoso laboratorio de Menlo Park. Su intensa rivalidad con Nikola Tesla en la
"Guerra de las Corrientes" (1) es también uno de los episodios más famosos de
la historia de la tecnología eléctrica.
RESEÑA
THOMAS ALVA EDISON (1847-1931)
Por Isaac
Asimov
A medida que avanzó la Revolución Industrial durante el siglo XIX, las casas y
las ciudades del mundo occidental crecieron y se hicieron más prósperas. Pero
durante las horas de oscuridad se necesitaba una luz mejor. Todo el alumbrado
era de gas, y la llama inquieta que se obtenía por este sistema no
proporcionaba luz suficiente. La llama abierta aumentaba además el peligro de
fuego, y un escape de gas podía' ser fatal.
Otra fuente de energía era la electricidad, y nadie ignoraba que los cables
eléctricos se calentaban al pasar la corriente. ¿No podría calentarse un hilo
hasta la incandescencia y utilizarlo para alumbrar?
Durante los setenta y cinco primeros años del siglo XIX hubo muchos inventores
que intentaron utilizar la electricidad para producir luz. Unos treinta
inventores o aprendices de inventores llegaron, lo intentaron y fracasaron. La
teoría era clara y elemental, pero parecía imposible superar las dificultades
prácticas.
Thomas Alva Edison, que a la sazón contaba treinta y un años, anunció en 1878
que iba a abordar el problema. Inmediatamente se propagó la noticia por todo
el mundo. La fe que la gente tenía depositada en su capacidad era tan
absoluta, que las acciones del gas de alumbrado bajaron en las Bolsas de Nueva
York y Londres. Y es que Edison acababa de hacer hablar a una máquina. Sus
prodigios habían convencido a la gente de que podía inventar cualquier cosa.
Thomas A. Edison nació en Milán, Ohio, el 11 de febrero de 1847. De pequeño no
mostró ningún signo de genialidad; todo lo contrario: su curiosa manera de
formular preguntas pasaba por una «rareza» entre los vecinos. Y su maestro de
escuela le llamó en cierta ocasión «cabeza de chorlito». La madre de Edison,
que también había sido maestra, montó en cólera y sacó inmediatamente al joven
Tom de la escuela.
Tom Edison halló su verdadera escuela en los libros y en sus manos. Leía
cuanto caía bajo su vista, fuese cual fuere el tema, y la naturaleza insólita
de su mente empezó ya a despuntar. Retenía casi todo lo que leía, y poco a
poco aprendió a leer a la misma velocidad con que pasaba las páginas.
Al mismo tiempo que empezó a frecuentar los libros de ciencias comenzó también
a experimentar. Para desesperación de su madre montó un laboratorio de química
en su casa, pero los productos y los materiales eran caros y no tardó en
convencerse de que tenía que ganarse los cuartos por su cuenta.
En primer lugar intentó cultivar hortalizas para vender. Más tarde, a los
catorce años, obtuvo un empleo de vendedor de periódicos en el tren que iba de
Port Hurón a Detroit (el tiempo de parada en Detroit lo pasaba en la
biblioteca); pero como los ingresos no le llegaban, compró una imprentilla de
segunda mano y empezó a publicar un semanario. Muy pronto llegó a vender 400
ejemplares de cada número entre los pasajeros del tren.
Con el dinero que ganó instaló un laboratorio de química en el furgón de
equipajes, donde podía experimentar a sus anchas. Pero las cosas se torcieron,
porque un día, al pasar por un tramo algo irregular, se volcó un matraz lleno
de fósforo y provocó un incendio.
Aunque se logró apagar el fuego, el conductor, enfurecido, cogió a Edison por
las orejas y le puso, junto con el laboratorio, fuera del tren. Allí acabó la
aventura.
Edison sufrió por aquella época otro golpe de mala suerte. En cierta ocasión
intentó coger un tren en marcha, pero se quedó colgado del estribo, con
peligro de caerse y matarse.
Uno de los empleados del tren le agarró por las orejas y le subió. Edison
salvó la vida, pero a costa del delicado mecanismo del oído interno, quedando
parcialmente sordo para siempre.
En 1862 comenzó otra fase de su vida. Un buen día el joven Tom, que tenía
entonces quince años, viendo que un vagón de mercancías se abalanzaba sobre un
niño que jugaba entre las vías, corrió como una centella hacia el infortunado
y le puso fuera de peligro. El padre, lógicamente agradecido, no tenía dinero
con qué premiar a Tom, así que se ofreció para enseñarle telegrafía. Para
Edison aquello valía más que cualquier fortuna.
Edison se convirtió en uno de los telegrafistas más rápidos de su tiempo.
Cuentan que trabajaba de forma tan automática, que cuando recibió por
telégrafo la noticia de que habían asesinado a Lincoln, tomó el mensaje
mecánicamente, sin darse cuenta de lo que había sucedido.
En 1868 marchó a Boston, donde se colocó de telegrafista. Los demás empleados
de la oficina quisieron pasar un buen rato a costa del joven provinciano y le
pusieron a tomar los mensajes enviados por el teclista más rápido de Nueva
York. Edison recogió sin fatiga todo cuanto salía del hilo. Al terminar, todos
le vitorearon.
Edison patentó aquel mismo año su primer invento —un dispositivo para
registrar mecánicamente los votos del Congreso—, pensando que así se
abreviarían los trámites legislativos. Uno de los diputados le dijo, sin
embargo, que no había ningún deseo de acelerar los trámites; las votaciones
lentas eran, a veces, una necesidad política. A partir de entonces, Edison
decidió no inventar jamás nada sin estar seguro de que se necesitaba.
En 1869 marchó a Nueva York para buscar empleo. Mientras esperaba en la
oficina de colocación a que le entrevistaran se estropeó una de las máquinas
del telégrafo. Era un aparato que transmitía los precios del oro y de él
dependían verdaderas fortunas; de pronto había dejado de funcionar y nadie
sabía por qué. La oficina era un verdadero galimatías, y ninguno de los
mecánicos acertaba con la avería. Edison inspeccionó la máquina y con toda
calma dijo que sabía dónde estaba el fallo.
«Pues venga, arréglala», le gritó el jefe, fuera de sí. Edison lo hizo en
cuestión de minutos y consiguió un empleo mejor pagado que ninguno de los que
había tenido hasta entonces. Pero no duró mucho tiempo, porque al cabo de
pocos meses decidió convertirse en inventor profesional. Para ello comenzó por
un indicador de cotizaciones eléctrico y automático que había diseñado durante
su estancia en Wall Street; el aparato servía para tener informados a los
agentes de Bolsa de los precios de las acciones.
Edison fue a ofrecer el invento al presidente de una gran empresa de Wall
Street; pero dudaba entre pedir 3,000 dólares o arriesgarse a subir hasta
5,000. Cuando llegó el momento, perdió los nervios y dijo: «Hágame usted una
oferta.» El hombre de Wall Street respondió: «¿Qué le parecen 40,000 dólares?»
A sus veintitrés años, Edison estaba metido de hoz y coz en los negocios.
Durante los seis años siguientes trabajó en Newark, New Jersey, inventando,
trabajando veinte horas al día, durmiendo a salto de mata y formando un grupo
competente de ayudantes. Y, no se sabe cómo, encontró también tiempo para
casarse.
El dinero le llegaba a espuertas, pero para Edison el dinero era sólo algo
para invertir en nuevos experimentos.
En 1876 montó un laboratorio en Menlo Park, New Jersey, destinado a ser una
«fábrica de inventos». Su idea era sacar un nuevo invento cada diez días. El
«Mago de Menlo Park» (así se le llamaba) patentó antes de su muerte más de
mil, proeza que ningún inventor ha igualado ni de lejos.
Desde Menlo Park, Edison mejoró el teléfono y lo transformó en un instrumento
práctico. Y allí inventó lo que sería su creación favorita: el fonógrafo.
Recubrió un cilindro con una lámina de cinc, colocó encima una aguja flotante
y conectó un receptor para transportar las ondas sonoras a la aguja y desde la
aguja. Finalmente, anunció que la máquina hablaría.
Aquello movió a risa a sus colaboradores, incluido el mecánico que había
construido la máquina según las especificaciones de Edison. Pero fue éste
quien río el último. Mientras el cilindro recubierto de cinc giraba bajo la
aguja, Edison pronunció unas palabras en el receptor; luego colocó la aguja al
comienzo del cilindro y salieron las palabras que había pronunciado: «Mary had
a little lamb, its fleece was white as snow» (Mary tenía un corderito, de lana
tan blanca como la nieve.)
«Gott im Himmel», exclamó el mecánico que había construido la máquina.
¡Una máquina que hablaba! El mundo entero quedó asombrado; no había duda de
que Edison era un mago, así que cuando a continuación anunció que inventaría
la luz eléctrica, todos le creyeron.
Pero esta vez Edison había subestimado las dificultades. Durante un tiempo
pareció que iba a fracasar, pues le costó un año y 50,000 dólares comprobar
que los hilos de platino no servían.
Tras cientos de experimentos halló lo que buscaba: un hilo que se pusiera
incandescente sin fundirse ni romperse. Y para eso ni siquiera hacía falta un
metal, bastaba un hilo de algodón carbonizado; un frágil filamento de carbono.
El 21 de octubre de 1879 montó Edison uno de esos filamentos en una bombilla,
que brilló ininterrumpidamente durante cuarenta horas. ¡Había nacido la luz
eléctrica! El día de Nochevieja de ese año se iluminó eléctricamente la calle
principal de Menlo Park, como demostración pública periodistas de todo el
mundo acudieron a cubrir el acontecimiento y a maravillarse ante el más grande
inventor de la historia.
Aquel fue el auge de la vida de Edison. Nunca volvió a alcanzar cotas
parecidas, aunque siguió trabajando durante más de medio siglo. Aun así
patentó inventos cruciales que allanaron el camino del cinematógrafo y de toda
la industria de la electrónica. Hasta su muerte a los ochenta y cuatro años,
ocurrida el 18 de octubre de 1931, el taller de Edison fue un caudal
inagotable de inventos.
Quizá no sea preciso decir que Edison no fue un científico; tan sólo descubrió
un nuevo fenómeno, el efecto Edison, que patentó en 1883. El efecto consistía
en el paso de electricidad desde un filamento a una placa metálica dentro de
un globo de lámpara incandescente. El descubrimiento recibió poco eco en su
tiempo, y ni siquiera Edison prosiguió su estudio; pero fue el germen de la
válvula de radio y de todas las maravillas electrónicas de hoy.
El conocimiento abstracto no le interesaba; era un hombre práctico que quería
transformar descubrimientos teóricos en artilugios útiles.
Pero quizá tampoco sean los inventos en sí lo que hay que destacar entre las
aportaciones de Edison a nuestras vidas. Porque aunque es cierto que hoy
disfrutamos del fonógrafo, del cine, de la luz eléctrica, del teléfono y de
mil cosas más que él hizo posibles o a las que dio un valor práctico, hay que
admitir que, de no haberlas inventado él, otro lo hubiera hecho, tarde o
temprano; eran cosas que «flotaban en el aire».
No; Edison hizo algo más que inventar, y fue que dio al proceso de invención
un carácter de producción en masa. La gente creía antes que los inventos eran
golpes de suerte.
Edison sacaba inventos por encargo y enseñó a la gente que no eran cuestión de
fortuna ni de conciliábulo de cerebros. El genio, decía Edison, es un uno por
ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de perspiración.
Inventar exigía trabajar duro y pensar firme.
Y así es cómo la gente comenzó a habituarse a que los inventos y los
perfeccionamientos fueran lloviendo en la vida cotidiana como el fenómeno más
natural del mundo; se hizo a la idea del progreso material y empezó a dar por
descontado que los científicos, ingenieros e inventores no pararían de
encontrar maneras nuevas y mejores de hacer las cosas.
Es difícil decir cuál de los inventos de Edison fue su máxima aportación. Su
contribución a la ciencia fue la idea general de un progreso continuo e
inevitable, materializado gracias a esforzados investigadores que trabajan en
grupo o en solitario, con el objetivo de ensanchar el horizonte del hombre.
MÁS SOBRE THOMAS EDISON
Biografía de Thomas Edison en
Wikipedia
Thomas Edison, el maestro de la electricidad, National Geographic
(1) ¿QUÉ FUE LA GUERRA DE LAS
CORRIENTES?
La "Guerra de las Corrientes" fue una intensa rivalidad comercial y técnica a
finales del siglo XIX en Estados Unidos entre Thomas Edison (defensor de la
corriente continua) y Nikola Tesla (defensor de la corriente alterna) por el
control del mercado eléctrico.
Los contendientes y sus sistemas
• Corriente Continua (CC) de
Edison:
La energía fluye en una sola dirección. Su gran limitación era que resultaba
muy difícil transportarla a largas distancias sin sufrir grandes pérdidas de
energía, lo que requería construir centrales eléctricas muy cerca de los
consumidores.
• Corriente Alterna (CA) de Tesla:
La dirección de la corriente cambia varias veces por segundo. Esta tecnología
permitía elevar o disminuir el voltaje mediante transformadores, haciendo
posible transportar electricidad a través de cientos de kilómetros con costos
menores y alta eficiencia.
La campaña de desprestigio
Edison, consciente de que la corriente alterna de Tesla era más eficiente para
abarcar grandes redes, inició una campaña sucia para desacreditarla.
• Organizó demostraciones públicas
electrocutando animales
(como perros y caballos) para demostrar que la corriente alterna era letal.
• Financió el desarrollo de la
primera silla eléctrica
para asociar la corriente alterna con la muerte y la peligrosidad.
El desenlace y legado
La batalla se decidió cuando el sistema de corriente alterna demostró ser
superior y económicamente viable para iluminar la Feria Mundial de Chicago de
1893. Finalmente, la corriente alterna se impuso como el estándar mundial para
la generación y distribución de energía eléctrica.
MÁS SOBRE LA GUERRA DE LAS CORRIENTES
Guerra de las
corrientes, en Wikipedia

No hay comentarios.:
Publicar un comentario