El primer sueño del libro Los sueños de Einstein (de Alan Lightman)
describe
un mundo donde el tiempo es un círculo que se pliega sobre sí mismo,
obligando a que todo se repita eternamente. En esta realidad, las personas
están destinadas a vivir sus vidas exactamente de la misma manera una y otra
vez, sin recordar sus existencias pasadas.
“Los comerciantes no saben que realizarán una y otra vez el mismo trato.
Los políticos no saben que arengarán desde el mismo atril infinitas veces
en los ciclos del tiempo”.
14 de abril de 1905
Imagina que el tiempo es un círculo y se vuelve hacia atrás sobre sí mismo. El
mundo se repite exacta, infinitamente.
La mayoría de la gente no sabe que volverá a vivir su vida. Los comerciantes
ignoran que repetirán una y otra vez la misma transacción. Los políticos
ignoran que volverán a vociferar desde la misma tribuna una cantidad infinita
de veces en los ciclos del tiempo.
Los padres atesoran la primera risa de su hijo como si nunca más pudieran
oírla. Los amantes que hacen el amor por vez primera se desnudan tímidamente,
sorprendidos por los dóciles muslos, los frágiles pezones. ¿Cómo podrían saber
que cada mirada secreta, cada roce, ha de repetirse una vez y otra y otra
exactamente como antes?
En la Marktgasse ocurre lo mismo. ¿Cómo podría saber el tendero que cada
jersey tejido a mano, cada pañuelo bordado, cada bombón de chocolate, cada
complicado reloj y cada brújula volverán al escaparate? Al atardecer, los
tenderos vuelven a su hogar con sus familias o beben cerveza en las tabernas,
llaman alegremente a sus amigos en los callejones abovedados, acarician cada
instante como una esmeralda consignada temporalmente.
¿Cómo podrían saber que nada es temporal, que todo volverá a suceder? Una
hormiga que recorre el borde de un candelabro de cristal tampoco sabe que
volverá al punto de partida.
En el hospital de la Gerberngasse, una mujer dice adiós a su marido. Él está
en la cama y la mira sin ver. En los últimos dos meses, el cáncer se ha
extendido de la garganta al hígado, al páncreas, al cerebro. Sus dos hijos
están sentados en una sola silla en el ángulo de la habitación, con miedo de
mirar a su padre, de ver las mejillas hundidas y la piel marchita de un
anciano. La mujer se acerca a la cama y besa suavemente a su marido en la
frente, susurra un adiós y se marcha rápidamente con los hijos. Está segura de
que ha sido el último beso. Cómo puede saber que el tiempo volverá a empezar,
que nacerá de nuevo, estudiará en el liceo, expondrá sus pinturas en una
galería de Zurich, encontrará otra vez a
su marido en una pequeña biblioteca de Friburgo, saldrá a navegar con él un
cálido día de julio en el lago Thun, que dará a luz, que su marido trabajará
otros ocho años en una industria farmacéutica y una noche llegará a casa con
la garganta hinchada, tendrá vómitos, se sentirá débil y terminará en este
mismo hospital, esta habitación, esta cama, este momento. ¿Cómo podría
saberlo?
En el mundo en que el tiempo es un círculo, todo apretón de manos, todo beso,
todo nacimiento, toda palabra, se repetirá exactamente.
Y también cada momento en que dos amigos dejan de ser amigos, cada oportunidad
en que una familia se rompe a causa del dinero, cada palabra cruel en una
disputa conyugal, cada ocasión perdida por la envidia de un superior, cada
promesa no cumplida.
Y así como todas las cosas regresarán en el futuro, todo lo que ahora sucede
habrá ocurrido previamente un millón de veces. En cada pueblo, unos pocos
tienen oscura conciencia de que ya todo ha ocurrido en el pasado. Son las
personas infelices; sienten que sus errores, sus acciones perversas y su mala
suerte ya han ocurrido en la espiral anterior del tiempo. En el silencio de la
noche estos infortunados ciudadanos se revuelven entre sus sábanas, incapaces
de descansar, aterrorizados por el conocimiento de que no pueden cambiar un
solo acto, un solo gesto. Se reiterarán en esta vida los mismos errores de la
anterior.
Y son estos desgraciados por partida doble quienes revelan el único signo de
que la vida es un círculo. Porque en cada ciudad, por la noche, muy tarde, sus
gemidos inundan las calles y los balcones vacíos.
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