Este es el prólogo de la novela Los sueños de Einstein (1993), de ©
Alan Lightman, que explora diferentes concepciones del tiempo a través
de supuestos sueños de Albert Einstein en 1905, mientras trabajaba en la
oficina de patentes de Berna.
El prólogo sitúa al lector en Berna (Suiza)
durante el verano de 1905. Describe a un joven Albert Einstein de 26 años,
exhausto y sentado en la oficina de patentes, a punto de enviar a publicar su
famosa
teoría de la relatividad y una nueva concepción del tiempo. En
este se establece que el científico ha estado atormentado y fascinado durante
meses por sueños febriles sobre el tiempo. Estos sueños sirven como el marco
ficticio de la novela, donde cada capítulo representa una noche de insomnio en
la que imagina cómo sería la vida humana si el tiempo se comportara de formas
radicalmente distintas (circular, congelado, retrocediendo, etc.).
A continuación el prólogo
Entre los arcos de una calle distante, el reloj de la torre suena seis veces y
luego se detiene. El joven está encorvado sobre el escritorio. Ha llegado al
despacho de madrugada, después de otra conmoción. Está despeinado y sus
pantalones son demasiado grandes. Tiene en la mano veinte páginas arrugadas,
su nueva teoría sobre el tiempo que hoy mismo enviará por correo a la revista
alemana de física.
Leves ruidos de la ciudad flotan en la habitación. Una botella de leche choca
contra un umbral. Un engranaje despliega el toldo de una tienda en la
Marktgasse. Un carro de hortalizas se mueve lentamente en la calle. Un hombre
y una mujer hablan en voz baja en un apartamento vecino.
Bajo la luz tenue que se filtra en la habitación, los escritorios grandes
parecen blandos e informes, como grandes animales dormidos. Excepto el del
joven, repleto de libros abiertos, los doce escritorios de roble están
cuidadosamente cubiertos de documentos ordenados el día anterior. Dentro de
dos horas, cuando lleguen, los empleados sabrán exactamente por dónde empezar.
Pero en este momento, con esta luz, los documentos de los escritorios no son
más visibles que el reloj del rincón o el banco del secretario junto a la
puerta. Lo único que puede verse ahora son las formas sombrías de los
escritorios y la forma inclinada del joven.
Seis y diez según el invisible reloj de la pared. Minuto a minuto nuevos
objetos adquieren forma. Aquí aparece una papelera de bronce. Allí un
calendario en la pared. Aquí una foto de familia, una caja de clips, un
tintero, una pluma. Allá una máquina de escribir, una chaqueta plegada sobre
una silla. A su tiempo, las ubicuas estanterías emergen de la niebla nocturna
que cuelga de las paredes. Los estantes contienen archivos de patentes. Una de
ellas se refiere a un nuevo trépano con dientes curvados para reducir al
mínimo la fricción.
En otra se propone un transformador eléctrico que mantiene un voltaje
constante aunque fluctúe la corriente. En otra se describe una máquina de
escribir cuyos tipos se mueven lentamente sin hacer ruido. Es una sala llena
de ideas prácticas.
Fuera, las cumbres de los Alpes empiezan a encenderse al sol. Es el final de
junio. Un barquero del Aar desamarra su pequeña embarcación, la aparta de la
orilla y deja que la corriente le lleve a lo largo de la Aarstrasse hasta la
Gerberngasse, donde entregará su carga de higos y nueces de la temporada. El
panadero llega a su tienda en la Marktgasse, enciende su horno de carbón,
empieza a mezclar la harina y la levadura. Dos enamorados se abrazan en el
puente Nydegg, miran melancólicamente el río. Un hombre se asoma a su balcón,
sobre el Schifflaube, estudia el cielo rosado. Una mujer que no puede dormir
camina lentamente por la Kramgasse; examina cada una de las oscuras arcadas y
lee los anuncios a la escasa luz.
En el despacho largo y angosto de la Speicher-gasse, una sala llena de ideas
prácticas, el joven empleado de patentes aún está dormido en su silla con la
cabeza apoyada en el escritorio. Durante los últimos meses, desde mediados de
abril, ha soñado muchas veces con el tiempo. Sus sueños se han apoderado de
sus investigaciones. Lo han desgastado y fatigado de tal modo que a veces no
sabe si está despierto o dormido. Pero ya han terminado. Entre las múltiples
posibles naturalezas del tiempo, imaginadas en noches igualmente numerosas,
una parece más convincente. Eso no significa que las otras sean imposibles.
Podrían existir en otros mundos.
El joven se mueve en su silla, a la espera de que lleguen las mecanógrafas, y
tararea suavemente la sonata Claro de luna de Beethoven.
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