En el séptimo sueño, del 3 de mayo de 1905, de la novela
Einstein's Dreams de Alan Lightman, el tiempo carece de un flujo
lineal predecible,
provocando que la causa y el efecto sean erráticos, asincrónicos o
invertidos y que las personas experimenten las consecuencias emocionales y sociales de
actos que aún no han cometido. En este mundo, a veces la causa aparece antes
del efecto, otras veces ocurre al revés, y en ocasiones pasado y futuro quedan
entrelazados, de tal forma que es imposible distinguirlos. En ese escenario,
un gesto humano puede parecer inexplicable en el presente, porque su sentido
se revela solo más tarde, o incluso antes de que ocurra. El resultado es un
mundo extraño e inestable, donde lo que antes permitía orientar la vida ya no
funciona y el presente se vuelve lo único verdaderamente significativo. Si el
efecto ya ocurrió, la causa se vuelve inevitable. Los personajes están
atrapados en una especie de destino a la inversa; sus emociones o castigos
preexistentes los obligan a cometer los actos que los justifican. Por eso, el
capítulo sugiere que
los artistas se adaptan mejor que los científicos: el arte puede convivir
con la ambigüedad, mientras que la ciencia depende de relaciones estables
entre hechos.
El relato también sugiere que la mente humana colapsa emocionalmente cuando
pierde el sentido de la predictibilidad. Vivir con el "eco" de un evento que
aún no ha sucedido genera un estado de constante confusión, desconfianza y
desamparo en los habitantes de ese mundo. Por ende,
si la relación entre causa y consecuencia se rompe, también se debilitan
ideas como culpa, responsabilidad, destino y previsión.
SÉPTIMO SUEÑO DE EINSTEIN
3 de mayo de 1905
Piensa en un mundo donde la causa y el efecto son erráticos. A veces la
primera precede al segundo, a veces éste es el primero. O tal vez la causa
está siempre en el pasado y el efecto en el futuro, pero el pasado y el futuro
están entrelazados.
La vista desde la Bundesterrasse es sorprendente: el río Aar abajo y los Alpes
berneses arriba. Justamente ahora está allí un hombre que vacía distraído sus
bolsillos y llora. Sin motivo, sus amigos lo han abandonado. Nadie lo llama,
nadie sale a cenar con él, nadie lo invita a su casa. Durante veinte años ha
sido el amigo ideal de sus amigos: generoso, atento, afectuoso, amable. ¿Qué
puede haber ocurrido? A una semana de este momento en la terraza, el mismo
hombre se conduce como un ser insoportable y tacaño, que insulta a todo el
mundo, viste ropas malolientes y no permite visitas en su apartamento de la
Laupenstrasse. ¿Cuál ha sido la causa y cuál el efecto, cuál es el futuro y
cuál el pasado?
En Zurich, el Consejo ha promulgado recientemente leyes estrictas. No han de
venderse al público armas de fuego. Deben efectuarse auditorías en los bancos
y comercios. Todos los visitantes, tanto los que vienen en barco por el río
Limmat como los que llegan por la vía férrea de Selnau, deben someterse a
registro para evitar el contrabando. Se duplica la policía militar. Un mes
después de la adopción de estas rigurosas disposiciones, conmocionan la ciudad
los peores crímenes de su historia. Se cometen homicidios a la luz del día en
la Weinplatz, se roban cuadros de la Kunsthaus, se bebe alcohol en los bancos
de la Münsterhof. Estos actos criminales, ¿no están desplazados en el tiempo?
¿O acaso las
nuevas leyes han sido la acción y no la reacción?
Una joven está sentada junto a una fuente en el Botanischer Garten. Viene
todos los domingos a aspirar la fragancia de las violetas blancas, las rosas
almizcladas, los macizos de alelíes rosados. De pronto su corazón se agita,
camina ansiosamente, se ruboriza, se siente feliz sin motivo. Días más tarde
conoce a un hombre y se enamora. ¿Acaso ambos acontecimientos no están
conectados? Pero ¿por qué extraña conexión, qué torsión del tiempo, qué lógica
invertida?
En este mundo acausal, los científicos son impotentes. Sus predicciones se
convierten en posdicciones. Su lógica se hace ilógica y sus ecuaciones se
convierten en justificaciones. Se irritan y murmuran como jugadores que no
pueden dejar de apostar. Los científicos son bufones, no por ser racionales
sino porque el cosmos es irracional. O, quizá, no porque el cosmos es
irracional sino porque ellos son racionales. ¿Quién puede saberlo en un mundo
acausal?
En este mundo los artistas son felices. La imprevisibilidad es la vida de sus
pinturas, su música, sus novelas. Les encanta lo imprevisto, los hechos
retrospectivos, sin explicación.
La mayoría de las personas han aprendido a vivir en el momento. Se afirma que
si el pasado tiene efectos inciertos en el presente, no es necesario
preocuparse por el pasado. Y si el presente tiene escaso efecto en el futuro,
no es necesario medir las consecuencias de los actos en el presente. En
cambio, cada acto es una isla en el tiempo y debe ser juzgado por sí mismo.
Las familias no consuelan a un tío agonizante en espera de una probable
herencia, sino porque lo quieren en ese momento. No se contrata a un empleado
por sus antecedentes, sino por su buen sentido durante la entrevista. Los
empleados maltratados por sus jefes reaccionan ante cada insulto, sin temor
por el futuro. Es un mundo de impulsos. Un mundo de sinceridad. Un mundo en
que cada palabra se dice sólo para el momento, cada mirada tiene un solo
significado, cada contacto carece de pasado o futuro, cada beso besa lo
inmediato.
© Traducción de Carlos Peralta, 1993
Enlace a todos los Sueños de Einstein, publicados en El Indagador
TecnoCientífico
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