Louis Pasteur (1822-1895) fue un célebre químico y microbiólogo
francés,
fundador de la microbiología moderna. Revolucionó la ciencia al demostrar
la teoría germinal de las enfermedades, inventar la pasteurización y
desarrollar vacunas fundamentales, como la de la rabia, salvando incontables
vidas.
Su vida y obra:
• Primeros años y educación:
Nacido el 27 de diciembre de 1822 en Dole, Francia, creció en Arbois. Aunque
inicialmente interesado en la pintura, se orientó hacia la ciencia,
doctorándose en la École Normale Supérieure de París en 1847.
• Aportes a la Química y
Microbiología:
o Isomería óptica (1848):
Realizó importantes estudios sobre la simetría molecular (cristalografía).
Descubrió que los cristales de ácido tartárico tenían estructuras diferentes,
sentando bases de la estereoquímica.
o Fermentación y Pasteurización:
Demostró que la fermentación es causada por microorganismos, no por reacciones
químicas espontáneas. Inventó la pasteurización (calentar líquidos a 55--60∘C
para matar bacterias sin dañar el sabor), salvando industrias como la del vino
y la leche.
o Teoría germinal: Postuló que
las enfermedades contagiosas se deben a microbios que penetran en el
organismo.
• Desarrollo de Vacunas: Aplicando sus estudios sobre gérmenes atenuados, desarrolló vacunas para la
pebrina (enfermedad de los gusanos de seda), el cólera aviar, el carbunco
(ántrax) y la rabia.
• Legado:
Fundó el Instituto Pasteur en 1888, dedicado al estudio de enfermedades
infecciosas. Murió en 1895 y es reconocido mundialmente como uno de los
mayores científicos de la historia, con el
Día Mundial contra la Rabia coincidiendo con la fecha de su
muerte.
Su trabajo mejoró drásticamente la higiene y
la medicina, estableciendo las bases para los métodos de esterilización
modernos.
RESEÑA
Por Isaac Asimov
Louis Pasteur nació el 27 de diciembre de 1822. En la escuela no brilló como
estudiante y en la universidad sólo se desenvolvió con cierta soltura en la
asignatura de química. La ambición no prendió en él hasta después de
licenciarse y asistir a las lecciones de Jean B. Dumas, gran químico francés.
Fue entonces cuando decidió dedicar su vida a la ciencia.
Pasteur inició sus investigaciones estudiando dos sustancias químicas: el
ácido tartárico y el ácido racémico. Ambos parecían iguales en todo, menos en
un aspecto: el ácido tartárico ejercía un extraño efecto de rotación sobre
ciertas clases de luz; el ácido racémico no poseía ese efecto.
Los amigos de Pasteur se reían de él y le decían que para qué se preocupaba de
un problema tan absurdo. Pero Pasteur siguió impertérrito. Obtuvo cristales de
ambos ácidos y los estudió al microscopio. Los cristales de ácido tartárico
eran todos idénticos; los de ácido racémico eran de dos tipos. Uno de ellos se
parecía a los cristales de ácido tartárico; los del otro tipo eran imágenes
especulares del primero. (Era como mirar un montón de guantes, unos de la mano
derecha y otros de la izquierda.)
Pasteur, con paciencia infinita, separó los cristales de ácido racémico en dos
montones. Los cristales que se parecían a los de ácido tartárico giraban la
luz en la misma dirección que el ácido tartárico; los otros cristales también
la giraban, pero en sentido contrario.
Pasteur había descubierto que las moléculas podían ser «dextrógiras» o
«levógiras».
Este descubrimiento condujo en último término a nuevas y revolucionarias ideas
acerca de la estructura de las importantes sustancias químicas que componen
los tejidos vivos.
El hallazgo de Pasteur encontró un reconocimiento inmediato, pese a contar
sólo veintiséis años: se le concedió la Legión de Honor francesa.
En 1854 fue nombrado decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de
Lille, en el corazón de la región vinícola, donde empezó a estudiar los
problemas de la importante industria de vinos francesa. El vino y la cerveza,
al envejecer, se agriaban con facilidad, causando pérdidas de millones de
francos. ¿No habría algún producto químico que, añadido al vino, evitara esa
catástrofe? Los viticultores y cerveceros acudieron al joven y famoso químico
en busca de consejo.
Pasteur volvió a echar mano del microscopio. Estudió los pozos de vino sano y
los comparó con los del vino agriado. Ambos contenían células de levadura,
pero la forma de las células era diferente. Había una clase especial de
levadura que avinagraba el vino.
La solución era matar esa levadura, dijo Pasteur: una vez formado el vino o la
cerveza había que calentarlo suavemente hasta unos 48° C, matando así
cualquier resto de levadura, incluida la indeseada que pudiera introducirse
durante el proceso de fabricación. Sellando luego las cubas, el líquido no se
agriaría.
Los fabricantes se horrorizaron ante la perspectiva de calentar el vino.
Pasteur decidió convencerles. Calentó unas muestras, dejó sin calentar otras y
pidió a los fabricantes que esperaran unos meses. Al abrir las muestras
calentadas se vio que estaban en perfectas condiciones, mientras que algunas
de las no calentadas se habían estropeado. Los viticultores retiraron sus
objeciones.
Desde entonces se llama «pasteurización» al proceso de calentar lentamente un
líquido para matar organismos microscópicos indeseables. Por eso pasteurizamos
la leche que bebemos.
Pasteur llegó en el curso de sus investigaciones a la conclusión de que toda
fermentación y descomposición era obra de organismos vivos.
La gente se opuso a esa teoría, porque la carne, aun hervida para matar las
bacterias, se pudre al cabo de un tiempo. Pasteur replicó que lo que ocurre es
que hay gérmenes por todas partes y que éstos caen en la carne desde el aire.
Para demostrarlo tomó extracto de carne, lo hirvió y lo dejó expuesto al aire,
pero disponiendo las cosas de manera que éste sólo pudiera entrar a través de
un largo y estrecho cuello de botella en forma de S. Las partículas de polvo
(y los gérmenes) se quedaban retenidos en el fondo del codo. La carne no se
pudrió. En la carne hervida no había gérmenes, y el proceso de descomposición
no podía tener lugar en ausencia de ellos. Pasteur había refutado de una vez
para siempre la teoría de la «generación espontánea» (la creencia de que los
organismos vivos podían surgir de materia inanimada).
En 1865 se trasladó Pasteur al sur de Francia para estudiar una enfermedad del
gusano de la seda que estaba poniendo en peligro la industria entera de este
tejido; en juego había entonces millones de francos al año.
Pasteur volvió a utilizar su microscopio y localizó un diminuto parásito que
infestaba a los gusanos y a las hojas de morera que les servían de alimento.
El consejo de Pasteur fue destruir todos los gusanos y hojas infestados y
empezar de nuevo con gusanos sanos y hojas limpias, atajando así la plaga. El
consejo surtió efecto. Se había salvado la industria de la seda.
Quien estuvo a punto de no salvarse fue el propio Pasteur. En 1868 tuvo un
ataque de parálisis y durante un tiempo pensó que le había llegado su hora.
Por fortuna se recuperó.
En 1870 surgieron hostilidades entre Francia y Prusia. El poderío militar de
los prusianos había ido creciendo paulatinamente bajo una política de «sangre
y hierro». La guerra cogió a los franceses faltos de preparación. Louis
Pasteur acudió inmediatamente a alistarse. Pero su oferta fue rechazada
enérgicamente.
«Señor Pasteur», le dijeron los oficiales, «tiene usted cuarenta y ocho años y
ha sufrido un ataque de parálisis. A Francia la puede servir mejor fuera del
ejército».
Francia sufrió una derrota desastrosa. Los vencedores impusieron una
indemnización de cinco mil millones de francos a los franceses, pensando dejar
así indefenso al país durante años. Pero Francia dejó asombrado al mundo
entero al pagar la indemnización en el plazo de un año; el dinero salió en
parte de la labor de Louis Pasteur, que había salvado y saneado varias
industrias francesas vitales.
Algunos médicos empezaron a ver entonces la importancia que tenían los
descubrimientos de Pasteur y pensaron que ciertas enfermedades humanas podían
estar causadas por parásitos microscópicos.
En Inglaterra, el cirujano Joseph Lister veía con preocupación que la mitad de
los pacientes se le morían de infección después de una intervención feliz. En
otros hospitales la cifra llegaba al 80 por 100. Lister pensó entonces en
«pasteurizar» las heridas e incisiones quirúrgicas, matando así los gérmenes,
lo mismo que Pasteur mataba la levadura en el vino.
En 1865 comenzó a aplicar ácido carbólico a las heridas. En tres años rebajó
la tasa de mortalidad postoperatoria en dos tercios: había inventado la
«cirugía antiséptica». Hoy día imitamos a Lister cada vez que aplicamos yodo a
una cortadura.
Pasteur llegó a las mismas conclusiones que Lister en 1871, después de la
guerra.
Anonadado por la tasa de mortalidad de los hospitales militares, obligó a los
médicos (a menudo contra su voluntad) a hervir los instrumentos y vendajes.
Matad los gérmenes —insistía Pasteur—, matadlos. Y la tasa de mortalidad
descendió.
(Aproximadamente veinticinco años antes, el médico austriaco Ignaz Semmelweis
había tratado de imponer la desinfección a los médicos. Semmelweis opinaba que
los médicos eran asesinos que portaban la enfermedad en sus manos y recomendó
que se las lavaran con una solución de cloruro de cal antes de acercarse al
paciente. Fracasó en todos sus intentos y murió en 1865 tras contraer él mismo
una infección por accidente. No llegó a ver cómo Lister y Pasteur le daban la
razón.)
Pasteur fue gestando poco a poco lo que él llamó la «teoría germinal de las
enfermedades», es decir, que cualquier enfermedad infecciosa está causada por
gérmenes; y era infecciosa porque los gérmenes podían propagarse de una
persona a otra. Si se lograba localizar el germen y se hallaba un modo de
combatirlo, la enfermedad quedaría resuelta.
El médico alemán Robert Koch elaboró técnicas para cultivar gérmenes patógenos
fuera del cuerpo. Junto con Pasteur halló la manera de combatir una enfermedad
tras otra: franceses y alemanes unidos para servir a la humanidad. Los años
ochenta del siglo pasado fueron los más espectaculares de la vida de Pasteur:
descubrió cómo inocular contra las enfermedades animales del ántrax (que
desolaba el ganado bovino y ovino) y el cólera de las gallinas, y también cómo
proteger al hombre contra la temible enfermedad de los perros rabiosos, la
hidrofobia.
Pero esta época, con ser espectacular, no fue sino la consecuencia natural de
la teoría germinal de las enfermedades, cuyos inicios datan de sus primeros
trabajos. Cuando Pasteur murió el 28 de septiembre de 1895, la medicina
moderna era ya una realidad.
De todos los descubrimientos médicos de la historia, el más grande quizá sea
el de la teoría germinal de Pasteur. Una vez adoptada esa teoría fue posible
combatir sistemáticamente las enfermedades. Podía hervirse el agua y tratarla
químicamente; la eliminación de desperdicios se convirtió en una ciencia; en
los hospitales y en la preparación comercial de productos alimenticios se
adoptaron procedimientos estériles; se crearon desinfectantes y germicidas; y
a los portadores de gérmenes, como los mosquitos y las ratas, no se les dio ya
tregua.
La adopción de estas medidas trajo consigo una disminución de la tasa de
mortalidad y un aumento de la esperanza de vida. La esperanza de vida del
varón norteamericano era de treinta y ocho años en 1850; hoy es de sesenta y
ocho. A Louis Pasteur y a sus colegas científicos hay que agradecerles esos
treinta y ocho años de regalo.
MÁS SOBRE PASTEUR
Biografía de Louis Pasteur, en
Wikipedia
Pasteur, el héroe de la medicina que no fue médico, en National Geographic
Louis Pasteur y el descubrimiento médico que salvó vidas, National Geographic
¿Cuál es el origen de la vida según la ciencia?, National Geographic
Grandes científicos, grandes herejes, BBC Mundo

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