jueves, 24 de septiembre de 2026

¿CÓMO SURGEN LAS NUEVAS IDEAS?

Ensayo por Isaac Asimov

En 1959, Isaac Asimov escribió un ensayo titulado “On Creativity” (“Sobre la creatividad”) en el contexto de un proyecto científico relacionado con la defensa antimisiles, pero permaneció inédito durante décadas y fue publicado por primera vez en 2014, en MIT Technology Review. 

El ensayo de Asimov parte de una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo surgen las ideas nuevas? Su respuesta es particularmente interesante porque no presenta la creatividad como un misterioso don reservado a los genios, sino como un proceso en el que intervienen el conocimiento, la imaginación, la asociación de ideas y, sobre todo, la libertad mental.

Para Asimov, una idea verdaderamente nueva suele aparecer cuando la mente consigue establecer una conexión inesperada entre elementos que ya conoce. El conocimiento es, por tanto, la materia prima de la creatividad. Pero no basta con saber mucho: es necesario ser capaz de combinar ese conocimiento de una manera que otros no hayan considerado. Asimov pone como ejemplo el descubrimiento independiente de la teoría de la evolución por selección natural por Charles Darwin y Alfred Russel Wallace. Ambos habían acumulado observaciones sobre las especies y habían leído a Malthus; la creatividad consistió en que esos elementos terminaron articulándose en una explicación nueva.

El ensayo es introducido con una nota de Arthur Obermayer, amigo del autor.

En 1959, trabajaba como científico en Allied Research Associates, en Boston. La compañía era una empresa derivada del MIT que originalmente se había dedicado a estudiar los efectos de las armas nucleares sobre las estructuras de los aviones.

La compañía recibió de la Advanced Research Projects Agency un contrato, identificado con el acrónimo GLIPAR (Guide Line Identification Program for Antimissile Research), cuyo objetivo era obtener los enfoques más creativos posibles para desarrollar un sistema de defensa contra misiles balísticos. El gobierno reconocía que, por mucho dinero que se invirtiera en mejorar y ampliar la tecnología existente, esta seguiría siendo insuficiente. Querían que nosotros y algunos otros contratistas pensáramos fuera de los esquemas habituales.

Cuando me involucré por primera vez en el proyecto, sugerí que Isaac Asimov, quien era un buen amigo mío, sería una persona apropiada para participar. Él manifestó su disposición y asistió a algunas reuniones. Finalmente decidió no continuar porque no quería tener acceso a ninguna información secreta o clasificada; eso limitaría su libertad de expresión.

Sin embargo, antes de retirarse, escribió este ensayo sobre la creatividad como su única contribución formal al proyecto. El ensayo nunca fue publicado ni utilizado fuera de nuestro pequeño grupo.

Cuando lo redescubrí recientemente, mientras revisaba unos archivos antiguos, reconocí que su contenido es tan ampliamente pertinente hoy como lo era cuando fue escrito. No solo describe el proceso creativo y la naturaleza de las personas creativas, sino también el tipo de ambiente que favorece la creatividad.

¿Cómo surgen las nuevas ideas?

Presumiblemente, el proceso de la creatividad, sea cual sea su naturaleza, es esencialmente el mismo en todas sus ramas y variedades, de modo que la evolución de una nueva forma de arte, de un nuevo dispositivo o de un nuevo principio científico implica factores comunes. Nos interesa especialmente la «creación» de un nuevo principio científico o de una nueva aplicación de uno ya existente, pero aquí podemos generalizar.

Una manera de investigar el problema consiste en considerar las grandes ideas del pasado y observar cómo fueron generadas. Desafortunadamente, el proceso mediante el cual surgieron nunca resulta del todo claro, ni siquiera para quienes las «generaron».

Pero ¿qué ocurriría si la misma idea capaz de conmocionar el mundo se les ocurriera a dos hombres, simultánea e independientemente? Quizás los factores comunes que intervinieron en ambos casos podrían resultar esclarecedores. Consideremos la teoría de la evolución por selección natural, creada de manera independiente por Charles Darwin y Alfred Wallace.

Hay mucho en común en ambos casos. Los dos viajaron a lugares lejanos, observando especies extrañas de plantas y animales y la manera en que estas variaban de un lugar a otro. Ambos estaban profundamente interesados en encontrar una explicación para ello, y ambos fracasaron hasta que, por casualidad, cada uno de ellos leyó el «Ensayo sobre la población», de Thomas Malthus.

Fue entonces cuando ambos comprendieron cómo la idea de la superpoblación y de la eliminación de los individuos menos aptos —que Malthus había aplicado a los seres humanos— podía encajar en la doctrina de la evolución mediante la selección natural, si se aplicaba a las especies en general.

Obviamente, entonces, lo que se necesita no son solamente personas con una sólida formación en un campo determinado, sino también personas capaces de establecer una conexión entre el elemento 1 y el elemento 2, aun cuando normalmente no parezcan estar relacionados.

Sin duda, durante la primera mitad del siglo XIX, muchísimos naturalistas habían estudiado la manera en que las especies se diferenciaban entre sí. Muchísimas personas habían leído a Malthus. Quizás algunas habían estudiado tanto las especies como a Malthus. Pero lo que hacía falta era alguien que estudiara las especies, leyera a Malthus y tuviera la capacidad de establecer una conexión transversal entre ambas cosas.

Ese es el punto crucial: esa es la característica excepcional que hay que encontrar. Una vez establecida la conexión transversal, todo resulta evidente. Se supone que Thomas H. Huxley exclamó, después de leer El origen de las especies: «¡Qué estúpido fui al no haber pensado en esto!».

Pero ¿por qué no se le ocurrió? 

La historia del pensamiento humano parece indicar que existe una dificultad para concebir una idea incluso cuando todos los hechos están sobre la mesa. Establecer una conexión transversal requiere cierto atrevimiento. Y tiene que ser así, porque cualquier conexión transversal que no requiera atrevimiento es realizada inmediatamente por muchas personas y no se desarrolla como una «idea nueva», sino simplemente como un «corolario de una idea antigua».

Solo después de haber surgido es cuando una idea nueva parece razonable. Al principio, por lo general, parece absurda. Parece el colmo de la insensatez suponer que la Tierra era redonda en lugar de plana, o que se movía en lugar de ser el Sol el que se moviera, o que los objetos necesitaban una fuerza para detenerse cuando estaban en movimiento, en lugar de necesitar una fuerza para mantenerlos en movimiento, y así sucesivamente.

Una persona dispuesta a desafiar la razón, la autoridad y el sentido común debe poseer una considerable confianza en sí misma. Puesto que una persona así aparece solo en raras ocasiones, debe parecernos excéntrica —al menos en ese aspecto— al resto de nosotros. Y una persona excéntrica en un aspecto suele serlo también en otros.

En consecuencia, la persona que tiene mayores probabilidades de concebir ideas nuevas es alguien que posee una sólida formación en el campo que le interesa y que, además, es poco convencional en sus hábitos. Sin embargo, ser un chiflado no basta por sí mismo.

Una vez que se cuenta con las personas que se necesitan, surge la siguiente pregunta: ¿conviene reunirlas para que puedan discutir el problema entre sí, o habría que informar a cada una del problema y permitirles trabajar por separado?

Mi impresión es que, en lo que respecta a la creatividad, es necesario el aislamiento. La persona creativa, en cualquier caso, está trabajando continuamente en el problema. Su mente está reorganizando y combinando la información constantemente, incluso cuando no es consciente de ello. Es bien conocido el famoso ejemplo de August Kekulé, quien descubrió la estructura del benceno mientras dormía.

La presencia de otras personas solo puede inhibir este proceso, porque crear resulta embarazoso. Por cada nueva buena idea que se nos ocurre, hay cien, diez mil ideas absurdas que, naturalmente, no nos interesa mostrar.

Sin embargo, una reunión de personas así puede ser conveniente por razones distintas del acto mismo de crear.

No hay dos personas que posean exactamente el mismo conjunto de conocimientos e información. Una persona puede conocer A y no B; otra puede conocer B y no A; y, si ambas conocen A y B, cualquiera de las dos puede llegar a la idea, aunque no necesariamente de inmediato ni siquiera poco después.

Además, la información puede no consistir únicamente en elementos individuales como A y B, sino incluso en combinaciones tales como A-B, que por sí mismas carecen de importancia. Sin embargo, si una persona menciona la combinación inusual A-B y otra menciona la combinación igualmente inusual A-C, bien podría suceder que la combinación A-B-C —que ninguna de las dos había concebido por separado— condujera a una respuesta.

Me parece, entonces, que el propósito de las sesiones de intercambio de ideas no es concebir ideas nuevas, sino familiarizar a los participantes con hechos y combinaciones de hechos, con teorías y pensamientos errantes.

Pero ¿cómo convencer a las personas creativas de que participen en algo así? Ante todo, debe existir comodidad, relajación y una sensación general de libertad. El mundo, en general, desaprueba la creatividad, y ser creativo en público resulta especialmente mal visto. Incluso especular en público puede resultar bastante inquietante. Por lo tanto, los participantes deben tener la sensación de que los demás no van a poner objeciones.

Si una sola de las personas presentes carece de simpatía hacia las ideas disparatadas que inevitablemente surgirían durante una sesión de este tipo, las demás se paralizarían. Esa persona poco comprensiva puede ser una mina de oro de información, pero el daño que cause neutralizará con creces ese beneficio. Por eso, me parece necesario que todas las personas que participen en una sesión estén dispuestas tanto a parecer tontas como a escuchar a los demás parecer tontos.

Si una de las personas presentes tiene una reputación muy superior a la de las demás, o es más elocuente, o posee una personalidad claramente más dominante, bien podría apoderarse de la reunión y reducir a los demás a poco más que una obediencia pasiva. Esa persona puede ser extremadamente útil por sí misma, pero bien podría trabajar en solitario, porque está neutralizando a los demás.

El número óptimo de integrantes del grupo probablemente no debería ser muy elevado. Yo diría que no se necesitarían más de cinco. Un grupo más grande podría disponer de una mayor cantidad total de información, pero existiría la tensión de esperar para hablar, lo cual puede resultar muy frustrante. Probablemente sería mejor celebrar varias sesiones, en las que variara la composición de los participantes, en lugar de una sola sesión que los incluyera a todos. Esto implicaría cierta repetición, pero incluso la repetición no es, en sí misma, algo indeseable. Lo importante no es lo que las personas dicen durante estas reuniones, sino lo que posteriormente se inspiran unas a otras a hacer o pensar.

Para obtener los mejores resultados, debería existir una sensación de informalidad. La jovialidad, llamarse por el nombre de pila, bromear y tomarse el pelo de manera relajada son, creo, elementos esenciales; no por sí mismos, sino porque fomentan la disposición a participar en la aparente locura que acompaña al proceso creativo. Con este propósito, considero que una reunión en casa de alguien o alrededor de una mesa durante una cena en algún restaurante puede ser más útil que una reunión en una sala de conferencias.

Probablemente nada inhiba más que la sensación de responsabilidad. Las grandes ideas de todas las épocas han surgido de personas a quienes no se les pagaba por tener grandes ideas, sino por ser profesores, empleados de oficinas de patentes o funcionarios de poca importancia; o que, sencillamente, no recibían ningún pago. Las grandes ideas surgieron como asuntos secundarios.

Sentirse culpable porque uno no ha justificado su salario por no haber tenido una gran idea es, me parece, la manera más segura de garantizar que tampoco se le ocurra ninguna gran idea la próxima vez.

Sin embargo, su compañía está llevando a cabo este programa de intercambio de ideas con dinero del gobierno. Pensar en congresistas o en el público en general enterándose de que unos científicos están perdiendo el tiempo, haciendo trabajos inútiles, contando quizá chistes obscenos, todo ello a expensas del gobierno, es motivo suficiente para que a uno le entre un sudor frío. De hecho, el científico promedio tiene suficiente conciencia cívica como para no querer sentir que está haciendo algo así, incluso si nadie llega a descubrirlo.

Yo sugeriría que a los participantes de una sesión de intercambio de ideas se les asignaran tareas de carácter meramente formal, como redactar informes breves, escribir resúmenes de sus conclusiones o proporcionar respuestas concisas a determinados problemas, y que se les pagara por esas tareas; el pago sería la remuneración que normalmente se les daría por participar en la sesión de intercambio de ideas. De ese modo, la sesión de intercambio de ideas quedaría oficialmente sin remuneración, lo cual también permitiría un considerable grado de relajación.

No creo que las sesiones de intercambio de ideas puedan dejarse sin ninguna orientación. Debe haber alguien a cargo que desempeñe un papel equivalente al de un psicoanalista. Según entiendo, un psicoanalista, mediante las preguntas adecuadas —y, salvo por eso, interfiriendo lo menos posible— consigue que el propio paciente hable sobre su vida pasada de tal manera que llegue a una nueva comprensión de ella desde su propia perspectiva.

Del mismo modo, un árbitro de la sesión tendrá que sentarse allí, alborotando a los animales, haciendo la pregunta perspicaz, formulando el comentario necesario y conduciéndolos suavemente de vuelta al tema. Como el árbitro no sabrá cuál es la pregunta perspicaz, cuál es el comentario necesario ni cuál es exactamente el tema al que hay que regresar, su trabajo no será fácil.

En cuanto a los «artilugios» diseñados para estimular la creatividad, creo que estos deberían surgir de las propias sesiones de charla informal. Si los participantes están completamente relajados, libres de responsabilidades, conversando sobre algo que les interesa y son, por naturaleza, poco convencionales, serán ellos mismos quienes creen mecanismos para estimular la discusión.

ENLACE AL ARTÍCULO ORIGINAL (EN INGLÉS):

Aproximación al español del artículo original en inglés "On Creativity, or How People Get New Ideas", por Isaias Medina

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