jueves, 9 de abril de 2026

ROENTGEN (1845–1923) Y BECQUEREL (1852–1908)

Imagen: Becquerel a la izquierda; rontgen a la derecha; d
escubridores de la radiactividad natural o espontánea, y los Rayos X respectivamente

WILHELM CONRAD RONTGEN (1845-1923-Resumen biográfico)
Wilhelm Röntgen (1845-1923) fue un físico e ingeniero alemán que revolucionó la medicina y la física al descubrir los rayos X en 1895 mientras investigaba tubos de vacío. Su hallazgo permitió visualizar estructuras internas del cuerpo humano sin cirugía, originando la radiología. Fue galardonado con el primer Premio Nobel de Física en 1901. 
Aquí los puntos clave de su vida y obra:
     Descubrimiento Accidental (1895): El 8 de noviembre de 1895, en la Universidad de Wurzburgo, observó que una pantalla fluorescente brillaba a pesar de que su tubo de rayos catódicos estaba cubierto con cartón negro.
     Naturaleza de los Rayos X: Descubrió que esta nueva forma de radiación atravesaba tejidos blandos pero era detenida por huesos y metales, proyectando sombras sobre placas fotográficas.
     Primera Radiografía: Realizó la famosa radiografía de la mano de su esposa, Anna Bertha, el 22 de diciembre de 1895, mostrando huesos y su anillo.
     Premio Nobel y Reconocimiento: Recibió el primer Premio Nobel de Física en 1901 por su descubrimiento.
     Filantropía Científica: Decidió no patentar los rayos X, creyendo que su descubrimiento debía ser de libre acceso para el beneficio de toda la humanidad.
     Legado: El descubrimiento dio origen a la radiología médica y a nuevas técnicas de diagnóstico. Además, su apellido dio nombre a la unidad de medida de la exposición a la radiación, el röntgen

ANTOINE HENRI BECQUEREL (1852–1908-Resumen biográfico)
Antoine Henri Becquerel (1852–1908) fue un físico francés célebre por descubrir la radiactividad espontánea en 1896, hallazgo que le valió el Premio Nobel de Física en 1903 compartido con Marie y Pierre Curie. Su descubrimiento ocurrió accidentalmente al observar que las sales de uranio emitían radiación sin necesidad de luz solar. 
Aquí los puntos clave de su vida y obra:
     Descubrimiento Fundamental: En febrero de 1896, al investigar la fosforescencia, Becquerel dejó sales de uranio sobre una placa fotográfica envuelta en papel opaco y descubrió que esta se había ennegrecido, demostrando que el uranio emitía rayos invisibles capaces de atravesar materiales, algo distinto a los rayos X.
     Premio Nobel (1903): Compartió el Premio Nobel de Física junto a Marie Curie y Pierre Curie en reconocimiento a los servicios extraordinarios que prestaron con su descubrimiento de la radiactividad espontánea.
     Legado: La unidad de medida de la actividad radiactiva en el Sistema Internacional, el becquerelio (Bq), lleva su nombre en honor a sus contribuciones a la física moderna.
     Familia de Científicos: Provenía de una familia de físicos reconocidos (su padre y abuelo estudiaron la luz y la fosforescencia), lo que influyó en su carrera científica. 
Su hallazgo transformó la comprensión de la materia y abrió la puerta a la era nuclear y la medicina nuclear.

RESEÑA

ROENTGEN (1845–1923) Y BECQUEREL (1852–1908)

El profesor Wilhelm Roentgen estaba fascinado con ese resplandor misterioso que salía del tubo de vacío (un tubo del que se había extraído el aire por bombeo) al producirse una descarga eléctrica.

La extraña luz en el interior del tubo parecía salir del electrodo negativo o «cátodo», por lo que el fenómeno recibió el nombre de «rayos catódicos». Al golpear los rayos contra el vidrio del tubo, éste resplandecía con luz verdosa. Y algunas sustancias químicas, colocadas cerca del tubo, resplandecían con luz aún más brillante que la del vidrio.

Roentgen tenía especial interés en estudiar esa luminiscencia. El 5 de noviembre de 1895 metió el tubo de rayos catódicos en una caja de cartulina negra y oscureció la habitación, con la idea de observar la luminiscencia sin perturbaciones de luces exteriores.

Conectó la electricidad e inmediatamente observó un destello luminoso que no provenía del tubo. Fue a inspeccionar y comprobó que a bastante distancia del tubo había una hoja de papel recubierta de platinocianuro de bario, que utilizaba en sus experimentos porque esta sustancia resplandecía al colocarla cerca del tubo de rayos catódicos. Pero en las condiciones en que estaba trabajando ahora, con el tubo dentro de la caja de cartón, ¿por qué relucía?

Roentgen desconectó la electricidad: el papel recubierto se oscureció. Volvió a conectarla: el papel volvió a relucir. Se trasladó a la habitación vecina con el papel en la mano, cerró la puerta y volvió a conectar la electricidad: el papel seguía brillando mientras el tubo estuviera en funcionamiento. Había descubierto algo invisible que se dejaba «sentir» a través del cartón y de las puertas.

Otro científico le preguntó años más tarde sobre esa experiencia: «¿Qué pensabas?» Y Roentgen le contestó: «No pensaba. Experimentaba.» La respuesta de Roentgen fue una respuesta a bocajarro, claro está, porque pensar sí que pensaba... y muy profundamente.

Wilhelm Conrad Roentgen nació el 27 de marzo de 1845 en Lennep, una pequeña ciudad de la región del Ruhr, al oeste de Alemania. Durante la mayor parte de su juventud vivió, sin embargo, fuera de Alemania; recibió su educación en Holanda y fue a la universidad en Zurich, Suiza.

El trabajo de su vida no lo halló hasta después de terminar sus estudios universitarios.

En 1868 se licenció en ingeniería mecánica. Luego decidió cursar estudios superiores en Zurich, donde conoció al famoso físico August Kundt. A su lado Roentgen empezó a trabajar en física y se doctoró en este campo. Profesor y estudiante trabajaron desde entonces durante seis años, hombro con hombro.

Kundt ocupó sucesivamente una serie de puestos en Alemania y Roentgen le acompañó. Poco después Roentgen estaba ya enseñando e investigando por su cuenta.

Roentgen fue subiendo puestos dentro de su profesión. En 1888 se creó un nuevo instituto de física en la Universidad de Würzburg, en Baviera, y le ofrecieron el cargo de director. Fue allí donde descubrió los rayos penetrantes y donde adquirió fama mundial.

Los misteriosos rayos que hacían que ciertas sustancias químicas resplandecieran al otro lado de puertas y cartones recibieron el nombre de «rayos Roentgen» en honor de su descubridor. Roentgen, en atención a la naturaleza ignota de los rayos, los designó con el símbolo de lo desconocido: «rayos X». Ese es hoy el nombre más usual.

Roentgen siguió experimentando con gran entusiasmo y trató de ver qué espesor de distintos materiales podían atravesar los rayos X. Descubrió que los rayos eran capaces de velar una placa fotográfica, igual que 1% luz del sol. Cuando publicó los resultados el 28 de diciembre de 1895, dejó asombrado al mundo científico.

Algunos físicos cayeron entonces en la cuenta de que en sus trabajos se habían cruzado alguna vez con estos rayos misteriosos. William Crookes, un científico inglés que había trabajado con rayos catódicos, había notado en varias ocasiones que se le velaban las placas fotográficas cercanas. Pero pensando que era un accidente, no prestó mayor atención.

Y el físico americano A. W. Goodspeed obtuvo, en 1890, lo que hoy llamamos una fotografía de rayos X; pero el fenómeno no le interesó lo bastante para estudiarlo y comprobar su naturaleza.

La labor de Roentgen prendió en la imaginación del científico francés Henri Antoine Becquerel, siete años más joven que aquél. Becquerel era hijo de un célebre científico que había estudiado cierto tipo de luminiscencia llamado «fluorescencia». Los materiales fluorescentes resplandecían al exponerlos a la luz ultravioleta (o a la luz del sol, que también contiene rayos ultravioletas).

Becquerel se preguntó si esta fluorescencia no albergaría los misteriosos rayos X. En febrero de 1896 envolvió una placa fotográfica en papel negro, la colocó a la luz del sol y puso encima del papel un cristal de una sustancia fluorescente en la que su padre había mostrado especial interés: un compuesto de uranio.

Al revelar la película, Becquerel vio que estaba velada. La luz del sol no podía atravesar el papel negro, pero los rayos X sí. Becquerel llegó a la conclusión de que la sal de uranio emitía rayos X al fluorescer.

Luego se nubló el cielo durante unos días y Becquerel no pudo proseguir sus experimentos. Hacia el 1 de marzo no aguantaba ya de impaciencia. Los cristales y las placas fotográficas envueltas yacían hacía días en el cajón de la mesa. Becquerel decidió revelar de todos modos algunas de las películas: podía ser que persistiera un poco de la fluorescencia original, que hubiera un velado débil pese a que los cristales no habían estado expuestos a la luz solar durante días; al menos dejaba de estar con los brazos cruzados.

Su asombro fue grande al comprobar que la película estaba tan velada como en otras ocasiones. En seguida vio que la exposición a la luz del sol era innecesaria. Las sales de uranio emitían constantemente radiación, incluso más penetrante que los rayos X.

En 1897 quedó aclarada la naturaleza de los rayos catódicos. J.J. Thomson, el físico inglés, demostró que los rayos eran partículas diminutas que se movían a velocidades de vértigo. Y además eran mucho más pequeñas que los átomos. Fueron las primeras «partículas subatómicas» que se descubrieron, y se les dio el nombre de «electrones»

Cuando estos electrones chocaban contra un átomo, liberaban una forma de energía parecida a la luz ordinaria, sólo que más energética y penetrante. Estos veloces electrones (o rayos catódicos), al chocar contra el ánodo de un tubo de rayos catódicos, producían rayos X.

Y los rayos X eran parte del espectro electromagnético, del que la luz visible es otra porción.

En cuanto a los rayos que Becquerel descubrió que emitía el uranio, resultó que consistían en tres partes. La porción más penetrante, llamada radiación gamma, era semejante a los rayos X, pero más energética. El resto de la radiación estaba compuesto de electrones y núcleos de helio.

La física experimentó una revolución total. Hasta 1896 se pensaba que el átomo era una partícula diminuta e indivisible, la porción más pequeña de materia. De pronto se descubría que estaba compuesto de partículas aún menores, que poseían extrañas propiedades.

Algunos átomos, como los de uranio, incluso se desintegraban motu propio en átomos más sencillos.

Esta prueba de que los átomos se desintegran y emiten electrones inauguró todo un mundo nuevo en la ciencia. Luego siguieron sesenta años de rápidos progresos que condujeron a la física nuclear y a la exploración del átomo.

Desde el punto de vista de la ciencia pura, el descubrimiento de Roentgen fue de inmensa importancia. Pero antes de que esto se le hiciera claro al hombre de la calle, hubo un avance inmediato en la medicina que afectó a casi todo hijo de vecino.

Los rayos X atraviesan fácilmente los tejidos blandos del cuerpo, pero son detenidos en gran parte por los huesos y totalmente por los metales. Los rayos X, al atravesar el cuerpo e impresionar una película fotográfica colocada detrás, dan un gris claro allí donde han sido interceptados por los huesos, y un gris más oscuro, en distintas tonalidades, en los demás lugares.

Los médicos hallaron aquí un medio de mirar dentro del cuerpo humano de una manera rápida, fácil y, sobre todo, sin necesidad de operar. Con los rayos X se podían descubrir pequeñas fisuras en los huesos, trastornos en las articulaciones, focos de tuberculosis en los pulmones y objetos extraños en el estómago; en resumen: el médico tenía en sus manos algo así como un ojo mágico. Cuatro días después de llegar a América la noticia del descubrimiento de Roentgen, se utilizaron allí los rayos X para localizar una bala en la pierna de un paciente. Y también el dentista tuvo a partir de entonces un ojo mágico. Con la radiación invisible de Roentgen podía detectar el comienzo de una caries, por ejemplo.

Los rayos X (y los gamma) son capaces de matar tejido vivo; enfocados convenientemente pueden matar células cancerosas a las que no tiene acceso el bisturí del cirujano. Hoy día se sabe, sin embargo, que hay que utilizarlos con precaución y sólo en caso de necesidad.

Los rayos X encuentran también aplicación en la industria. En estructuras metálicas son capaces de detectar defectos internos que de otro modo serían invisibles. En química se utilizan para investigar la estructura atómica de cristales y de moléculas proteínicas complejas. En ambos casos abren nuevas ventanas a lo que hasta entonces permanecía oculto.

Aunque suene a paradoja, gracias a Roentgen podemos utilizar lo invisible para hacer visible lo invisible.

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