Edward Jenner (1749-1823) fue un médico y científico inglés,
considerado el padre de la inmunología por desarrollar la primera vacuna de la
historia en 1796, usando el virus de la viruela bovina para prevenir la
viruela humana, una enfermedad mortal, a través de un experimento con un niño,
sentando las bases para la vacunación moderna y salvando millones de
vidas.
¿Quién fue?
• Médico y Naturista: Jenner fue un médico rural, pero también un apasionado naturalista,
interesado en la zoología y la botánica, y llegó a ser discípulo del famoso
cirujano John Hunter.
• Pionero de la Inmunología:
Su trabajo revolucionó la medicina preventiva, al demostrar que se podía
proteger a una persona de una enfermedad grave inoculando una versión más
leve.
1. La Observación:
Notó que las ordeñadoras que contraían la viruela bovina (una enfermedad leve)
no se enfermaban de viruela humana (viruela mayor), una enfermedad devastadora
y mortal.
2. El Experimento (1796):
Inoculó a un niño, James Phipps, con pus de una lesión de viruela bovina.
3. La Prueba:
Posteriormente, expuso al niño al virus de la viruela humana, y este no
desarrolló la enfermedad, quedando inmunizado.
4. La Vacunación:
Llamó a este procedimiento "vacunación" (del latín vacca, vaca) y publicó sus
hallazgos en 1798, creando la primera vacuna y un nuevo campo en la
medicina.
Impacto:
• Gracias a su descubrimiento la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró
la viruela erradicada en todo el mundo en 1980 y sentó las bases para el
desarrollo de todas las vacunas modernas.
ARTÍCULO
EDWARD JENNER (1749-1823)
Por Isaac Asimov
Corría el mes de julio de 1796 y Europa era un hervidero. Napoleón Bonaparte
ganaba sus primeras batallas en Italia y la revolución irrumpía por doquier,
arrumbando viejas costumbres y maneras.
Por si fuese poco, un médico inglés llamado Edward Jenner estaba cometiendo lo
que parecía una monstruosidad: transmitir deliberadamente la terrible
enfermedad de la viruela a un niño de ocho años. Tomó un poco de supuración de
las pústulas de un enfermo y raspó en la piel del muchacho. Aquello tendría
que haber bastado para que el niño contrajera al poco tiempo la viruela.
Jenner esperó a ver qué pasaba. Con gran alivio comprobó que sus esperanzas
eran fundadas. El niño no contrajo la viruela ni mostró absolutamente ningún
signo de la enfermedad.
Jenner no fue un monstruo, sino un gran benefactor de la humanidad. Había
demostrado que sabía cómo prevenir la viruela, y con ello influyó mucho más en
el destino humano que Napoleón con todas sus victorias.
Puede que éste también lo viera así. En 1802, tras estallar la guerra entre
Inglaterra y Francia después de un breve período de paz, cayeron prisioneros
algunos ciudadanos ingleses.
Se pidió a Napoleón que los pusiera en libertad. Napoleón estaba a punto de
negarse, cuando supo que entre los firmantes figuraba Edward Jenner. El futuro
conquistador de Europa no se atrevió a desoír al conquistador de la viruela y
liberó a los prisioneros.
Edward Jenner nació en Gloucestershire, Inglaterra, el 17 de mayo de 1749. A
los veinte años comenzó a estudiar Medicina; pero como tantos otros pioneros
de la ciencia, picó en muchos otros campos. Estudió geología, escribió poesía,
tocaba instrumentos musicales, se interesó en el estudio de las leyes y
construyó un globo. Por fortuna para el mundo rechazó, sin embargo, un empleo
realmente apasionante: el de naturalista oficial en el segundo viaje del
capitán Cook a los Mares del Sur. Decidió quedarse en Inglaterra y ejercer la
medicina.
Uno de los grandes problemas médicos de aquellos días era la viruela, quizá la
enfermedad más temida de las que asolaban a la humanidad. De cuando en cuando
brotaba una epidemia, y como había muy pocos conocimientos de higiene, la
enfermedad se propagaba como un reguero de pólvora por las sucias ciudades
superpobladas.
Un diez por ciento de los que contraían la enfermedad morían, y los que
lograban sobrevivir quedaban «picados de viruela». Cada pústula causada por la
enfermedad (y en los casos graves quedaba todo el cuerpo cubierto de marcas)
dejaba una cicatriz en la piel después de desaparecer. Mucha gente temía más
la horrible desfiguración del rostro que la propia posibilidad de morir.
La viruela no respetaba a nadie. George Washington la contrajo en 1751
y se recuperó, pero en la cara le quedaron permanentemente las huellas de la
enfermedad. El rey Luis XV cayó víctima de ella en 1774 y murió.
En aquellos tiempos era casi una excepción tener intacta la piel del rostro;
una piel lisa bastaba para calificar de bella a su poseedora, aunque sólo
fuese por contraste con otras menos afortunadas.
La viruela sólo se podía contraer, como máximo, una vez en la vida. La persona
que no la hubiese pasado la contraía fácilmente por contagio; pero una vez
pasada la enfermedad y repuesto el paciente, no volvía a contraerla por mucho
que se expusiera a ella: era «inmune».
Este hecho dio lugar en 1718 a lo que por entonces parecía una fabulación. Una
noble inglesa, Lady Mary Wortley Montagu, regresó de un viaje por
Turquía e informó que los turcos tenían el hábito de inocularse
deliberadamente con líquido tomado de casos leves de la enfermedad. La persona
inoculada contraía entonces una forma benigna de viruela y se inmunizaba a un
coste bien bajo. Lady Mary tenía fe en sus observaciones e inoculó a sus
propios hijos.
Lady Mary era sin duda una mujer brillante, pero también una especie de
mariposilla social; costaba tomarla en serio, y los médicos desde luego no lo
hicieron. Aparte de que tampoco era fácil convencer a los ingleses de que los
turcos sabían hacer algo digno de emular.
A Jenner empezó a interesarle la viruela nada más comenzar a ejercer la
Medicina.
Puede que oyera la historia de Lady Mary y puede que no. Lo que es seguro que
llegó a sus oídos fue una vieja «superstición» muy difundida en su tierra
natal de Gloucestershire, a saber, que la viruela bovina (una enfermedad del
ganado que podían contraerla las personas) estaba «reñida» con la viruela
humana. La persona que contraía una de ellas —decían los granjeros de
Gloucestershire con un sabio movimiento de la cabeza— no contraía la otra.
Jenner se preguntó si sería o no realmente una superstición. Era proverbial,
por ejemplo, la hermosura de las vaqueras, y por aquel entonces estaban de
moda en Francia las piezas de teatro en las que la protagonista era una
vaquera o una pastora de singular belleza.
¿Quizá por la tersura de su rostro, rara vez marcado por la viruela? ¿O
porque, al estar en contacto con el ganado, contraían la viruela bovina en
lugar de la otra, menos benigna?
Jenner comenzó a observar de cerca los animales domésticos.
Los caballos padecían una enfermedad, llamada viruela equina, que cursaba con
bultos y pústulas en las patas del animal. Los mozos de cuadra curaban a veces
las pústulas y atendían luego a las vacas lecheras. La vaca no tardaba en
contraer la viruela bovina. Al mozo o la moza le salían poco después algunas
pústulas, pero casi siempre en las manos (que estaban en contacto con la vaca)
y nunca en la cara, cuya desfiguración era lo más temido. Por otro lado, la
gente que, por su profesión, tenía que estar en contacto con animales
domésticos parecía realmente inmune a la viruela.
Jenner llegó a la conclusión de que la viruela equina y la bovina eran una
forma de viruela. Su tesis era que la enfermedad, al pasar por un animal, se
debilitaba en gran medida.
Los granjeros tenían razón: unas cuantas pústulas de viruela bovina en las
manos, y no hacía falta preocuparse ya de la muerte o desfiguración por la
viruela.
El 14 de mayo de 1796 tenía ya Jenner suficiente confianza en su teoría para
aceptar sobre sí una responsabilidad escalofriante. Buscó primero una vaquera
que tuviera la viruela bovina. Tomó luego un poco de líquido de una pústula de
la mano y se lo inyectó a un niño.
Dos meses después volvió a inocular al niño, pero esta vez no con viruela
bovina, sino con
viruela de verdad. El niño no enfermó. ¡Era inmune!
Jenner decidió repetir la prueba para cerciorarse. Tardó dos años en encontrar
a una persona que presentara un caso activo de viruela bovina; imaginamos su
impaciencia durante todo ese tiempo, pero se abstuvo de publicar
prematuramente sus resultados y esperó. En 1798 encontró por fin el caso que
buscaba, repitió el experimento con otro paciente y comprobó exactamente lo
mismo. Ahora ya podía publicar sus resultados y anunciar al mundo que había
encontrado la manera de derrotar a la viruela.
La viruela bovina se llama vaccinia en latín, así que Jenner acuñó la palabra
«vacunación» para describir su método de inocular viruela bovina con el fin de
crear inmunidad contra la viruela.
El trabajo de Jenner era tan meticuloso que sólo se atrevieron a rechazarlo
algunos médicos conservadores. Culpables de verdaderos perjuicios fueron
algunos desaprensivos que empezaron a inocular sin tomar las debidas
precauciones y propagaron infecciones graves.
Las vacunaciones se extendieron a todas las partes de Europa.
La familia real británica se vacunó, y en 1803 se fundó la
Royal Jennerian Society (presidida por Jenner) para promover campañas
de vacunación. El número de muertes por viruela se redujo a un tercio en
dieciocho meses.
En Alemania, donde el aniversario del nacimiento de Jenner es día festivo, el
estado de Baviera decretó la obligatoriedad de la vacuna en 1807. Otras
naciones siguieron su ejemplo, e incluso la atrasada Rusia adoptó la práctica.
El primer niño que se vacunó allí recibió el nombre de Vaccinov y su educación
corrió a cargo del Estado.
Inglaterra fue la más perezosa en honrar a Jenner. En 1813 se le propuso como
candidato al Colegio de Médicos de Londres. Pero el Colegio se empeñó en
examinarle de los clásicos, es decir, de las teorías de Hipócrates y Galeno.
Jenner se negó; pensaba que su victoria sobre la viruela bastaba como
recomendación. Los caballeros del Colegio no pensaban igual y no le eligieron.
Jenner murió el 24 de enero de 1823, sin ser miembro del Colegio, pero con
toda la gloria que podía tener un médico.
La viruela es hoy día una enfermedad muy rara, gracias a las vacunas. En la
mayoría de los países se vacuna a todos los niños desde edad muy temprana. Y
basta que surja un solo caso de viruela en alguna ciudad (importada casi
siempre por barco desde alguna región atrasada) para que se recomiende
revacunar a todos los habitantes de la ciudad, evitando así cualquier riesgo
de epidemia.
Pero esto es sólo parte de la historia, y quizá no la más importante; porque
Jenner había descubierto una manera, no de curar la enfermedad, sino de
prevenirla, y fue el primero que lo consiguió. El método consistía en utilizar
la propia maquinaria del cuerpo para crear la inmunidad, fundando así la
ciencia de la inmunología.
Desde entonces los médicos han tratado de hallar nuevos medios de inducir al
cuerpo a crear inmunidad contra enfermedades peligrosas, obligándole a que
fabrique defensas químicas («anticuerpos») contra versiones benignas de la
enfermedad. Los líquidos que causan esa enfermedad benigna siguen llamándose
«vacunas», aunque ya no tienen nada que ver con las vacas.
Un ejemplo reciente es la vacuna Salk, conseguida por el doctor Jonas Salk. El
virus que causa la parálisis infantil muere a manos de productos químicos para
que no pueda seguir causando la enfermedad. Pero sigue reteniendo una parte
suficiente de sus propiedades originales para hacer que el cuerpo produzca
anticuerpos que sean efectivos contra el virus vivo. La inyección de la vacuna
Salk aumenta la inmunidad a la parálisis infantil sin que el sujeto tenga que
pasar por la enfermedad propiamente dicha.
Las vacunas también ayudan a combatir enfermedades como la fiebre amarilla, la
fiebre tifoidea, la gripe, la tuberculosis, etc.
La importancia de los trabajos de Jenner no estriba sólo en que acabara con la
viruela. Señalaron el camino para acabar con otras enfermedades muy temidas
por el hombre; y este camino quizá lleve algún día a eliminar todas las
enfermedades infecciosas.
MÁS SOBRE EDWARD JENNER
Biografía de Edward Jenner, en Wikipedia
Edward Jenner, el inventor de las vacunas, National Geographic

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