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jueves, 17 de septiembre de 2026

LOS SUEÑOS DE EINSTEIN-11

El tiempo viscoso y pegajoso... o, atrapados en el pasado

El sueño del 10 de mayo de 1905 de Einstein's Dreams (Los sueños de Einstein), de Alan Lightman, imagina un mundo en el que el tiempo es «pegajoso» (sticky): determinados lugares, objetos y personas pueden quedar atrapados en un momento particular del tiempo. En este mundo, personas y lugares al quedar atrapados en momentos del pasado, son incapaces de avanzar en sincronía con el tiempo y los demás.

DÉCIMO SUEÑO DE EINSTEIN
Sueño del 10 de mayo de 1905 

Es la última hora de la tarde y, por un breve instante, el sol anida en un hueco nevado de los Alpes, fuego tocando el hielo. Largos haces oblicuos de luz se deslizan por las montañas, atraviesan un lago sereno, arrojan sombras sobre una ciudad, abajo. 

En muchos sentidos, es una ciudad de una pieza y forma un todo. Cipreses, alerces y pinos forman una suave frontera al norte y al oeste, y más arriba hay lirios de fuego, gencianas de color púrpura y campánulas alpinas. En las praderas próximas a la ciudad pasta el ganado del que se obtiene mantequilla, queso y chocolate. En una pequeña fábrica de tejidos se elaboran sedas, cintas, prendas de algodón. Suena la campana de una iglesia. Un olor a carne ahumada inunda calles y callejones. 

Vista desde más cerca, es una ciudad de muchas piezas. Un barrio vive en el siglo XV. Allí, los pisos de las casas de piedra sin labrar están unidos por escaleras y galerías exteriores, en tanto que los techos están abiertos a los vientos. El musgo crece entre las losas de piedra de los balcones. Otra parte de la ciudad es una imagen del siglo XVIII. Las tejas de arcilla roja cubren ordenadamente los techos rectilíneos. La iglesia tiene ventanas ovales, logias en saledizo, parapetos de granito. Otra parte contiene el presente, con avenidas bordeadas de arcadas, balcones con barandillas de metal, fachadas de arenisca lisa. Cada sector de la ciudad se ajusta a un tiempo diferente. 

En el final de esta tarde, en estos breves momentos en que el sol anida en un hueco nevado de los Alpes, una persona puede sentarse junto al lago y contemplar la textura del tiempo. 

Hipotéticamente, el tiempo puede ser liso o áspero, sedoso o espinoso, duro o blando. Pero en este mundo, ocurre que la textura del tiempo es pegajosa. Partes de la ciudad se quedan adheridas a algún momento de la historia y no se pueden desprender. Y también las personas se quedan pegadas a algún momento de sus vidas y no pueden liberarse. 

Justamente ahora un hombre, en una de las casas situadas al pie de las montañas, conversa con un amigo. Le habla de sus tiempos de estudiante en el liceo. Sus certificados de honores en matemáticas e historia cuelgan de las paredes, sus medallas y trofeos deportivos ocupan las estanterías. Aquí, en la mesa, está su foto de capitán del equipo de esgrima, abrazado por otros jóvenes que estudiaron después en la universidad, se convirtieron en ingenieros y banqueros, se casaron. En el armario están sus ropas de cuando tenían veinte años, los petos de esgrima, los pantalones de tweed que ahora le aprietan demasiado en la cintura. El amigo, que hace años trata de presentarle otros amigos, asiente cortésmente, se esfuerza en silencio por respirar en esa diminuta habitación.

En otra casa, un hombre está sentado, solo, ante una mesa preparada para dos. Hace diez años, sentado aquí mismo frente a su padre, no fue capaz de decirle que lo amaba; buscó en los años de la infancia algún momento de acercamiento, recordó las noches en que ese hombre estaba solo, 'en silencio, con su libro, y no fue capaz de decirle que lo amaba, no fue capaz de decirle que lo amaba. Ahora en la mesa hay dos platos, dos vasos, dos tenedores, como aquella última noche. El hombre empieza a comer, no puede, llora incontrolablemente. Nunca le dijo que lo amaba. 

En otra casa, una mujer mira amorosamente la fotografía de su hijo, joven, sonriente, feliz. Le escribe a una dirección que hace tiempo no existe, imagina las alegres cartas de respuesta. Cuando su hijo llama a la puerta, ella no contesta. Cuando el hijo, con la cara hinchada y los ojos vidriosos, golpea su ventana para pedir dinero, no lo oye. Cuando el hijo, con su andar vacilante, le trae cartas donde dice que desea verla, ella las tira sin abrir. 

Cuando el hijo pasa la noche delante de la casa, ella se va a la cama temprano. Por la mañana, mira la fotografía, escribe cartas de adoración a una dirección que hace tiempo no existe. 

Una solterona ve la cara del joven que la amaba en el espejo de su dormitorio, en la pared de la panadería, en la superficie del lago, en el cielo. 

La tragedia de este mundo es que nadie es feliz, tanto si se ha quedado pegado a un momento de dolor como a un momento de alegría. La tragedia de este mundo es que todos están solos. Porque una vida en el pasado no puede compartirse con el presente. Cada persona que se ha quedado pegada al tiempo está allí clavada, y sola.

© Traducción de Carlos Peralta, 1993

SINOPSIS, INTERPRETACIÓN Y ANÁLISIS CRÍTICO

Sinopsis
En este mundo, distintas zonas de una misma ciudad pertenecen a épocas diferentes. Un barrio puede conservar la arquitectura y las costumbres de un período histórico, mientras otro permanece en otro momento.

Pero el fenómeno no afecta solamente a los lugares. Las personas también pueden quedar atrapadas en determinados instantes de sus vidas. Un hombre permanece fijado en un momento del pasado en el que no consiguió decirle a su padre que lo amaba. Una madre continúa viviendo en el instante en que su hijo se marchó, aun cuando él ha regresado y trata de comunicarse con ella. 

El resultado es paradójico: tanto los recuerdos felices como los dolorosos pueden convertirse en una prisión.

Interpretación
El sueño constituye una poderosa metáfora de la memoria, el apego al pasado y la imposibilidad de compartir ciertos momentos de la vida.

Lightman lleva al extremo una experiencia muy humana: todos podemos quedar, psicológicamente, «atrapados» en determinados momentos. Un amor perdido, una culpa, una decisión equivocada, una despedida o incluso un instante de felicidad pueden adquirir tal fuerza que el presente queda subordinado al pasado.

La idea central podría formularse así:
Vivir en el pasado impide encontrarse plenamente con el presente.

El problema no es simplemente recordar. Recordar es necesario para construir nuestra identidad; quedar atrapado en el recuerdo es lo que nos aísla.

Análisis crítico
Este es uno de los sueños más melancólicos y psicológicamente profundos de la novela. Lightman convierte una propiedad física imaginaria —la «viscosidad» del tiempo— en una representación de una realidad emocional.

Hay además una paradoja particularmente interesante: el tiempo, que normalmente permite que las experiencias pasen y sean superadas, aquí deja de fluir. Cuando el tiempo se vuelve «pegajoso», las relaciones humanas dejan de poder evolucionar.

La tragedia fundamental es, por tanto, la imposibilidad de coincidir temporalmente con los demás. Una persona puede estar viviendo en el presente mientras otra permanece atrapada en el pasado. Pueden estar físicamente juntas, pero no habitan el mismo tiempo emocional. La novela lleva esta idea hasta sus últimas consecuencias: quien queda atrapado en un momento termina quedando también solo.

Así, el sueño del 10 de mayo puede leerse como una reflexión sobre la memoria y el duelo, pero también sobre la necesidad de dejar que el tiempo avance. Para Lightman, el tiempo no es solamente una dimensión física: es también la condición que hace posible el cambio, las relaciones y la vida misma.

Texto de sinopsis, interpretación y análisis crítico elaborado por Isaias Medina, con la asistencia de IA

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