miércoles, 5 de noviembre de 2014

LA CONECTIVIDAD, LA PRÓXIMA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

La Internet de las cosas está cambiando la forma en que funciona el mundo y empresas como GE y Cisco se beneficiarán

Por Tiernan Ray
The Wall Street Journal

El auto eléctrico Model S de Tesla Motors Inc. La revolución de la conectividad incluiría autos con conexión a Internet integrada. Bloomberg News

El futuro le pertenece a las máquinas.

Este año se venderán más de 1,000 millones de smartphones y varios millones de relojes inteligentes y monitores del estado físico entrarán en uso. Pero si las predicciones sobre la llamada Internet de las cosas son acertadas, el número de dispositivos autónomos que existe en el mundo, conectados a redes de líneas fijas o inalámbricas, a la larga hará palidecer la cifra de aparatos que las personas llevan consigo.

Una investigación de mercado realizada por Gartner predice que la cantidad de dispositivos conectados a una red, en su mayoría no manipulados por una persona, se disparará de 3,000 millones a 25,000 millones en apenas siete años.

Estos aparatos conectados están en todo tipo de industrias. Incluyen automóviles con conexiones a Internet incorporadas, productos empacados en los supermercados que contienen transmisores y receptores inalámbricos en sus etiquetas, y flotas de camiones en la carretera conectadas a redes que rastrean su progreso.

Sistemas de calefacción, ventilación y aire acondicionado podrán controlar mejor la humedad y la temperatura, las aerolíneas utilizarán combustible de manera más inteligente y los hospitales podrán coordinar de mejor manera la disponibilidad de los equipos en las salas de cirugía y las citas médicas.

Dos tendencias tecnológicas clásicas se fusionan aquí.

En primer lugar, la tecnología, como suele suceder, está democratizando el proceso de conectar las cosas. Gigantes de la industria como General Electric han estado durante décadas automatizando sistemas de control de plataformas petroleras y similares. Además, las clases de infraestructura conectadas mencionadas aquí pueden ser construidas de principio a fin por la división Smarter Planet de IBM, que genera US$5,500 millones anuales en ingresos para el gigante tecnológico, calculan los analistas.

Sin embargo, “ese tipo de estrategias sólo podía ser asumida por las empresas más grandes del mundo”, dice Ed Maguire, analista de software de la firma de investigación CLSA Americas, y quien ha escrito varios informes sobre cada aspecto del Internet de las cosas. “No era algo accesible para una compañía promedio”.

Con la caída en el costo de los sensores, la proliferación de sistemas de conectividad de red o inalámbrica para la informática, y la llegada de centros de datos de menor costo de Amazon.com y otros proveedores para recolectar y analizar información de máquinas alrededor del mundo, es cada vez más posible para las empresas, grandes y pequeñas, conectarse.


En segundo lugar, las capacidades están aumentando de forma gradual. Ahora, por ejemplo, un simple sensor de movimiento, luz o temperatura podría ser incorporado a algo y ser usado para controlarlo. Pronto, el software detrás de una red de sensores monitoreará todos los postes de luz de una ciudad, haciéndolos más efectivos y ahorrándoles a los contribuyentes dinero. Las aerolíneas también podrían usar un servicio que alerte cuando las partes de un motor de avión están por fallar y así tener un repuesto listo para ahorrar tiempo.

Es similar a la forma en la que la computadora reemplazó al principio al bolígrafo y el papel para los cálculos numéricos, y que más tarde provocó la proliferación de invenciones mucho más valiosas, como bases de datos y el World Wide Web (www).

La explosión de dispositivos conectados ofrece oportunidades para compañías de tecnología en todo el espectro, incluidas fabricantes de chips como Qualcomm y Thin Film Electronics, empresas de redes tradicionales como Cisco Systems, proveedores de software como PTC y Splunk, y proveedores de servicios de computación en nube como Amazon y Salesforce.com.

Aunque Amazon, Cisco, Qualcomm y otras de su tipo son demasiado grandes para obtener alguna ventaja a corto plazo del Internet de las cosas, Splunk, Thin Film y PTC están profundamente ligadas a su crecimiento.

Otra gran ventaja le correspondería a las empresas de la vieja economía como Monsanto y GE. Estas podrían producir un renacimiento de cosas tan sencillas como equipos industriales y semillas.

Hay tres etapas de la Internet de las cosas.

En primer lugar, muchas cosas están conectadas, incluidas las casas, los autos, los trenes de carga, los equipos médicos y los bienes empacados. Luego, cada vez más y más información analizable se extrae de estos aparatos conectados. Y al final, los fabricantes conducen sus negocios basados en esa información.

La primera etapa tiene que ver con sensores y chips baratos. Hay muchos ejemplos a destacar, como el fabricante de autos eléctricos Tesla. Hace poco, la empresa anunció una nueva versión de su Model S, con sensores que con el tiempo permitirán que el auto sea conducido en modo piloto automático.

Pero también hay ejemplos más humildes. La empresa de chips Gimbal de San Diego fue escindida de Qualcomm en mayo. La startup fabrica lo que se llama el iBeacon, de hecho una marca registrada de Apple, que desarrolló el estándar.

Los iBeacons de Gimbal son piezas de plástico que cuestan entre US$5 y US$20 que pueden ser tan pequeñas como 6.5 centímetros cuadrados y contienen sensores, receptores y transmisores inalámbricos y un poco de memoria. Los iBeacons pueden adherirse a varios lugares y transmitir información a aparatos que pasan por su lado hasta a 50 metros de distancia.

Apple usa los aparatos de Gimbal en sus tiendas minoristas: cuando un comprador está mirando la mercancía, su iPhone automáticamente se conecta con los iBeacons escondidos debajo de las mesas de exhibición. Los dispositivos luego envían alertas a su pantalla, como un recordatorio sobre una próxima cita con los asesores de soporte técnico.

Eso es la actualidad, pero en el futuro esta tecnología podría transferirse a usos que no involucran la participación humana directa, predice el director de operaciones de Gimbal, Kevin Hunter.

El precio es clave

En el pasado, la tecnología habría incluido puntos de acceso Wi-Fi que cuestan 10 o 20 veces más que una red iBeacon.
Incluso más baratos son los electrónicos en piezas delgadas de plástico. La noruega Thin Film tiene la tecnología para imprimir sensores y circuitos en esos materiales transparentes. Davor Sutija, presidente ejecutivo de Thin Film, dice que la producción del sensor en sí, que es apenas una línea negra que se conecta al plástico, cuesta medio centavo de dólar. Un centro de sensores completo, con una división de procesamiento central, circuitos de radio frecuencia, antena y hasta una batería con una duración de unos cuantos meses, cuesta un dólar. En unos años, el precio podría caer a solo un cuarto de dólar. “Piénselo, cuatro veces menos costoso en solo unos años”, dijo Sutija.

La empresa trabaja con socios y clientes para colocar las etiquetas inteligentes flexibles impresas en el exterior de los bienes empaquetados como frutas y lácteos. Un trabajador de supermercado o consumidor podría, digamos, revisar la temperatura y la historia de estos productos en una pantalla digital.

En la tercera etapa de la Internet de las cosas, las empresas cambian la forma en la que generan ingresos y aprenden a reducir costos. Esta es quizás la etapa más difícil de cuantificar porque involucra eliminar todas las ineficiencias en los modelos de negocios existentes.

Cisco, que ha realineado sus operaciones para vender paquetes de interruptores, software y servicios para la Internet de las cosas, señala el ejemplo de Barcelona, en España, ciudad que está utilizando sensores y redes para obtener un mejor entendimiento de los patrones de tráfico y reducir la congestión.

“No hay ningún sector de la economía donde no hay miles de millones de dólares atrapados en ineficiencias”, observa Glen Allmendinger, analista de Harbor Research.

Entre tanto, nosotros los humanos podríamos contemplar si nos gusta vivir en una era en la que los edificios se están volviendo más inteligentes que nosotros, los robots se están quedando con más de nuestros empleos, y los autos autónomos pueden ser embargados de forma remota. Por supuesto, nuestras preocupaciones podrían ser irrelevantes. Los humanos no somos la pieza central de esta revolución de la computación; las máquinas lo son.

Tiernan Ray es columnista del semanario Barron’s.

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